Relatos de arena

Las extensiones de arena desnuda propias de la Australia central proporcionan una tabla de dibujo natural que siempre está disponible. Puesto que, por regla general, cualquier conversación continuada la mantienen personas sentadas en el suelo, hacer marcas en la arena se convierte con facilidad en un suplemento a la expresión verbal.

Los walbiri a menudo contrastan su forma de vida con la de los australianos blancos señalando con orgullo: «Nosotros, los walbiri, vivimos sobre el suelo». Al dibujo en la arena se lo considera parte de este valorado modo de vida así como un aspecto característico de su estilo de expresión y comunicación. Acompañar el discurso personal con señales explicativas hechas en la arena es «hablar» a la manera walbiri.

[…]

Tanto hombres como mujeres dibujan elementos gráficos similares sobre el suelo durante la narración de historias o el discurso general, pero las mujeres formalizan este uso narrativo en un género diferenciado que llamaré relato de arena. Un espacio de unos 30 o 60 cm se alisa en la arena; se retiran los rastrojos y se arrancan las piedras pequeñas. El proceso de narración consiste en la interacción rítmica de una notación gráfica continua con signos gestuales y un parloteo verbal canturreado. El acompañamiento vocal puede en ocasiones caer al mínimo; el sentido básico es entonces transmitido por una combinación de signos gestuales y gráficos. Los signos gestuales son intrincados y específicos, y en ocasiones pueden reemplazar una verbalización más completa.

A las historias que las mujeres walbiri cuentan de esta forma se las designa con el término utilizado para cualquier relato tradicional sobre los tiempos ancestrales, djugurba. Los walbiri indican que sólo las mujeres cuentan historias de esta manera, aunque todo el mundo está familiarizado con el método. Si bien en su forma más sistemática la técnica se elabora en las narraciones sobre acontecimientos situados en los tiempos ancestrales, las mujeres también la utilizan de una forma más fragmentaria para transmitir experiencias personales o cotilleos del momento. Como forma de comunicación puede activarse durante la narración en general, independientemente de si el contenido se supone que alude a los tiempos ancestrales o al presente. Se considera, sin embargo, que un djugurba «como es debido» alude a los tiempos ancestrales.

El contexto social de la narración de historias es la vida distendida e informal del campamento, sin la carga del secreto o las sanciones rituales. Los campamentos de las mujeres son una ubicación habitual. […] Incluso en los momentos de más calor las mujeres tienden a sentarse muy juntas; sin cambiar de postura o hacer ningún tipo de anuncio especial, una mujer empieza a contar una historia. En ocasiones es posible ver a una mujer de las de más edad recitando para sí, en silencio, un relato, mientras gesticula y hace señales en la arena, pero lo más común es que varios miembros del grupo se junten en torno a la narradora, marchándose cuando lo desean, haya finalizado o no el relato. En cualquier momento la propia narradora puede interrumpir ella misma el relato y seguir realizando alguna tarea doméstica, o incluso irse a dormir en el transcurso del relato.

Cualquier mujer poseía un acervo de relatos aprendidos quizá de sus parientes femeninos o de su marido. A veces, cuando se les preguntaba, las mujeres sugerían que los relatos debían transmitirse de madre a hija, pero lo cierto es que no existen derechos específicos sobre estas historias; como decían las mujeres «todo el mundo» les enseña estos relatos.

Los niños walbiri no cuentan historias como entretenimiento, pero a la edad de cinco o seis años son capaces de realizar e identificar las formas gráficas básicas que se emplean en la narración. […] Un niño pequeño o un bebé pueden estar sentados en el regazo de la madre mientras ella cuenta un relato de arena; de esta forma, la observación del dibujo en la arena es parte de la experiencia perceptual temprana. No se enseña de forma sistemática a dibujar en la arena, y se aprende, sobre todo, por observación.

En torno a los ocho o nueve años de edad, un niño o niña puede contar sin problemas relatos de su propia invención. A medida que una niña se hace mayor, su desenvoltura para narrar historias va aumentando y puede emplear la técnica del relato de arena (fundamentalmente, por lo que he podido observar, sin realizar signos gestuales) para comunicar historias sobre experiencias personales, o que ella misma haya inventado En ocasiones puede que les cuente esos relatos a otras niñas, o a niños y niñas más pequeños. Los varones de más edad son más reacios a utilizar la técnica, puesto que se la identifica con un comportamiento propio de las mujeres.

Nancy D. Munn, Walbiri Iconography: Graphic Representation and Cultural Symbolism in a Central Australian Society, Chicago y Londres: Chicago University Press, 1986, págs. 58-64

Ilustración inspirada en pinturas rupestres bosquimanas del Cederberg, Sudáfrica

Los mitos son cefalópodos

La memoria es la mejor biblioteca portátil y la cabeza de un hombre es el mejor medio para transportar la mitología. La utilidad de un libro está en registrar para la posteridad, y en elevar pensamientos bajos hasta los intelectos elevados de quienes han aprendido a leer. Los mitos son cefalópodos.

En mis viajes sin rumbo he llegado a entender a aquellos para los que viajar sin destino fijo es una forma de vida, y me he dado cuenta de cuáles son sus maneras de aprender, enseñar y pensar. […] Sé por experiencia propia que los hombres emigran y viajan; he aprendido que lo han hecho desde el principio de la Historia, antes de que hubiera libros. Sé que los cuentos y tradiciones que los hombres recuerdan, viajan con ellos y se propagan, desde sus bocas y a través de sus oídos, a otras mentes. Sé por experiencia propia cómo viajan los mitos. Viajan con los hombres.

John Francis Campbell, My Circular Notes. Vol. 2. Londres: Macmillan, 1876, págs. 199-202.

Ilustración inspirada en una pintura rupestre del Cabo Oriental, Sudáfrica

Quizá nunca sea posible escuchar el final

A los khanty [de Siberia] les encanta narrar cuentos maravillosos, sobre todo por la noche. En los campamentos del bosque, cuando todos se van a acostar, un anciano sigue contando historias mientras haya alguien que siga despierto. Una de mis amigas me dijo que, de niña, intentaba no quedarse dormida mientras el anciano narraba historias, pero que nunca logró escuchar el final. Quizá nunca sea posible escuchar el final porque lo que normalmente se traduce como «un cuento maravilloso» o «un relato», significa realmente «una senda» o «una senda como destino». Mi buen amigo y maestro Leonti Taragupta me habló una vez de esto.

Natalia I. Novikova, «Self-Government of the Indigenous Minority Peoples of West Siberia: Analysis of Law and Practice», de People and the Land. Pathways to Reform in Post-Soviet Siberia, ed. Erich Kasten, Berlin: Dietrich Reimer Verlag, 2002, pp. 83-97

Ilustración: Énso

En el plano biológico, decir lo que subjetivamente se cree que es verdad difiere de manera profunda de mentir

El desarrollo del lenguaje humano desempeña un papel complejo en este proceso de adaptación. Parece haberse desarrollado a partir de la emisión de señales por parte de los animales sociales; pero propongo la tesis de que lo más característico del lenguaje humano es la posibilidad de narrar historias.

Es posible que esta habilidad tenga también un antecedente en el mundo animal. Pero sugiero que el momento en el que el lenguaje devino humano está estrechamente vinculado al momento en el que un hombre inventó un relato, un mito, para excusar un error que había cometido, quizá al dar una señal de peligro cuando no había motivo para ello; y sugiero que la evolución de un lenguaje específicamente humano, con sus medios característicos para expresar negación –de decir que algo indicado no es verdad– surge en gran medida del descubrimiento de una forma sistemática de negar un informe falso, por ejemplo una falsa alarma, y del descubrimiento, estrechamente vinculado al primero, de relatos falsos –mentiras– usados como excusa o de una forma lúdica.

Si contemplamos desde esta  óptica la relación del lenguaje con la experiencia subjetiva, difícilmente podremos negar que todo informe genuino contiene un elemento de decisión, al menos de la decisión de decir la verdad. Experiencias con detectores de mentiras indican de forma nítida que, en el plano biológico, decir lo que subjetivamente se cree que es verdad difiere de manera profunda de mentir. Tomo esto como indicativo de que la mentira es una invención relativamente tardía y en gran medida humana; a decir verdad, ha hecho del lenguaje humano lo que es: un instrumento que puede utilizarse para informar erróneamente casi tan bien como para informar de forma veraz.

De Karl Popper, «Karl Popper, Replies to my Critics» en The Philosophy of Karl Popper, ed. Paul Arthur Schilpp, La Salle, Illinois, 1974, págs. 1112-1113, citado por George Steiner, A Reader, Nueva York: Oxford University Press, 1984. p. 404.
Ilustración inspirada en una pintura colonial de el Cabo Occidental, Western Cape. Sudáfrica

La enseñanza primordial de un relato

costa de marfil_luna

Al escuchar, siempre podías aprender algo nuevo, y algo que duraría toda la vida. Duncan dice: “Los narradores de los nómadas sabían que estaban contando algo que se recordaría años después de que hubieran desaparecido”, y “esta es la costumbre de los nómadas”; “te daban un relato que nunca olvidarías, para que a ellos no se los olvidara nunca”. Así, la enseñanza primordial de un relato es el respeto a la memoria del narrador cuando ya se ha ido.

Linda Williamson sobre su marido, Duncan Williamson, que pertenecía a la comunidad de los hojalateros nómadas de Escocia, en Linda Williamson, “What Storytelling Means to a Traveller: An Interview with Duncan Williamson, one of Scotland’s Travelling People”, Arv: Scandinavian Yearbook of Folklore, vol. 37, 1981, pág. 75
Ilustración inspirada en un dibujo tradicional de Costa de Marfil

Sabed que yo sé infinitas

La una dellas que hilaba en tanto que las otras gentes del pueblo honraban la fiesta de Baco, dixo:

–Nosotras que somos siervas de Palas, que fue la primera que inventó, y halló, el arte de hilar, pasemos el día en algunas palabras, o consejas de pasatiempo, y digamos algunas graciosas fábulas, porque no sintamos tanto el trabajo.

Las otras dos hermanas dixeron que bien era y mandan a la hermana mayor diga primero; entre muchas consejas que sabía, dio a escoger la mejor a las hermanas, diciendo así:

–Sabed que yo sé infinitas, por tanto mirad la que os agrada más. Si queréis que cuente la de Decertis hija del rey de Babilonia, la cual era tan presuntuosa que quería hacerse tener en más que todos los que la conocían de lo que era razón, queriéndose estremar sobre todas. Por lo cual Júpiter, indignado contra ella, la convirtió en pez.

”O queréis que yo os diga la de Sira, hija destamisma Decertis, la cual, oyendo como la madre era convertida en pez, se quiso de dolor ahorcar. Júpiter tuvo compasión della, y la convirtió en paloma.

”O por ventura queréis que os traiga a la memoria otra de Almone, la cual estaba en un cosario puerto a la costa de la mar burlando y engañando a cuantos por allí pasaban, a los cuales después de gozado de sus personas, y, con astucias y mañas, robándoles sus haciendas (como hoy día otras muchas hacen) con sus encantamientos y yerbas, los convertía en peces; aunque desto llevó su pago, que uno vino allí a donde ella estaba, el cual pareciéndole muy bien le tomó por amigo, y este después supo tanto del arte que supo robar él solo lo que ella había tomado a muchos, y la volvió también en pez como ella había hecho a otros. Mas yo creo que antes holgareis de oír lo del moral, el cual solía llevar las moras blancas, y agora, por la sangre de dos desdichados amantes, que debajo del se mataron, tornaron luego las moras que solían ser blancas coloradas, y después fueron negras.

Las hermanas respondieron que querían que les contase la del moral que no sabían, y luego Alciote la empeçó a contar, diciendo:

–En las partes de Oriente había un gracioso y gentil mancebo que llamaban Píramo, y una muy linda y bien dispuesta doncella llamada Tisbe…

Ovidio, Las metamorfoses, o transformaciones de Ovidio, en quince libros, traducidos del latín en castellano, Madrid: Domingo Morrás, 1664, traducción de Jorge de Bustamente, fols. 66v-67r; corresponde al libro IV, versos 35-55
Ilustración inspirada en un dibujo de tradición andina quechua

 

La verdad de los mitos

FIGURA HN_RIO GRANDE

 

Los mitos son ante todo ‘verdades ficticias’ que transmiten verdades importantes para la vida; para nosotros, sin embargo, y a veces para los indios, son ficticios. Los tewa del pueblo de Santa Clara de Nuevo México introducen algunos relatos con palabras como éstas: ‘En un lugar que nunca fue, en un tiempo que nunca fue, esto no sucedió’.

Los indios nootka de la isla de Vancouver insisten en la verdad literal de los relatos que hablan de cómo el fundador de un linaje obtuvo las prerrogativas de éste. Dichos relatos son ciertos porque la aventura inicial tuvo lugar y la historia se ha transmitido desde entonces a través de una cadena sucesoria conocida. Pero, [entre los nootka,] es posible referirse en inglés a los mitos como ‘cuentos de hadas’. La herencia, en suma, es un hecho histórico; las verdades de los mitos pueden ser de otros tipos.

América del Norte; Dell Hymes, “Notes toward (an understanding of) supreme fictions”, in I know only so far: Essays in Ethnopoetics, Lincoln & London: University of Nebraska Press, 2003, pág. 382 
Ilustración inspirada en un motivo indígena de la zona de Río Grande

 

No se tolera apartarse demasiado de la trama tradicional

FIGURA hohokam

Puede afirmarse con confianza que no hay en el mundo tribu aborigen en la que la narración de mitos no esté limitada a un reducido grupo de individuos dotados de este talento concreto. Estos individuos son siempre muy respetados por la comunidad, y se les permite que se tomen con un texto determinado libertades que les están vedadas al resto de la gente. De hecho, en ocasiones se les admira por tomarse esas libertades. Si bien es indudable que la teoría aceptada en todas partes es que un mito debe siempre contarse del mismo modo, todo lo que la teoría quiere decir aquí es lo que ya dije antes, esto es, que lo esencial de la trama, los temas y el dramatis personae no cambian. En resumidas cuentas, no se tolera una ruptura acusada con respecto al argumento tradicional o la tradición literaria concreta. Las libertades que se le permiten a un narrador de talento varían de un mito a otro, de una tribu a otra y, dentro de la propia tribu, de un periodo a otro.

Entre los winnebago, como ya hemos indicado, el derecho a narrar un mito determinado, esto es, un waikan, pertenece a una familia o un individuo concretos. En cierto sentido, el mito es un “bien” que le pertenece y, como tal, a menudo posee un alto valor pecuniario. En los casos en que el mito era muy sagrado o muy largo, era necesario adquirirlo por entregas. Sin embargo, el número de personas con derecho a comprarlo estaba rigurosamente restringido, puesto que nadie se tomaría la molestia de comprar el derecho a narrar un mito por simple curiosidad, ni el dueño se lo contaría a una persona así. Lo que sucedía en realidad era que un waikan pasaba de un narrador de talento a otro.

Esto significaba que su contenido y estilo, si bien podían haber quedado fijados de forma básica y primaria por la tradición, quedaban fijados de forma secundaria por individuos de una habilidad literaria específica que infundían a este waikan la impronta de sus propio genio y temperamento. Huelga decir que intentaban narrarlo con la misma excelencia y autenticidad que sus más dotados predecesores. Los conformistas y ‘clasicistas’ más estrictos entre los narradores intentarían manifiestamente preservar el lenguaje exacto de un predecesor. No obstante, no se le exigía fidelidad. De hecho, en general los oyentes preferirían y valorarían a un narrador en función de su propio estilo y forma de expresarse, esto es, en función de su propia personalidad. No debemos olvidar que no estamos tratando aquí de relatos escritos. Cada relato era, estrictamente hablando, un drama en el que la actuación del narrador era tan crucial como el relato en sí. Recalcar una cosa tan elemental puede parecer innecesario, pero es algo que a menudo se olvida.

Sobre la tradición de los winnebago, un pueblo amerindio de la zona de los Grandes Lagos; Paul Radin, The Trickster: A Study in American Indian Mythology, Nueva York: Philosophical Library, pág. 122
Ilustración inspirada en un dibujo de la cultura hohokam