Sabed que yo sé infinitas

La una dellas que hilaba en tanto que las otras gentes del pueblo honraban la fiesta de Baco, dixo:

–Nosotras que somos siervas de Palas, que fue la primera que inventó, y halló, el arte de hilar, pasemos el día en algunas palabras, o consejas de pasatiempo, y digamos algunas graciosas fábulas, porque no sintamos tanto el trabajo.

Las otras dos hermanas dixeron que bien era y mandan a la hermana mayor diga primero; entre muchas consejas que sabía, dio a escoger la mejor a las hermanas, diciendo así:

–Sabed que yo sé infinitas, por tanto mirad la que os agrada más. Si queréis que cuente la de Decertis hija del rey de Babilonia, la cual era tan presuntuosa que quería hacerse tener en más que todos los que la conocían de lo que era razón, queriéndose estremar sobre todas. Por lo cual Júpiter, indignado contra ella, la convirtió en pez.

”O queréis que yo os diga la de Sira, hija destamisma Decertis, la cual, oyendo como la madre era convertida en pez, se quiso de dolor ahorcar. Júpiter tuvo compasión della, y la convirtió en paloma.

”O por ventura queréis que os traiga a la memoria otra de Almone, la cual estaba en un cosario puerto a la costa de la mar burlando y engañando a cuantos por allí pasaban, a los cuales después de gozado de sus personas, y, con astucias y mañas, robándoles sus haciendas (como hoy día otras muchas hacen) con sus encantamientos y yerbas, los convertía en peces; aunque desto llevó su pago, que uno vino allí a donde ella estaba, el cual pareciéndole muy bien le tomó por amigo, y este después supo tanto del arte que supo robar él solo lo que ella había tomado a muchos, y la volvió también en pez como ella había hecho a otros. Mas yo creo que antes holgareis de oír lo del moral, el cual solía llevar las moras blancas, y agora, por la sangre de dos desdichados amantes, que debajo del se mataron, tornaron luego las moras que solían ser blancas coloradas, y después fueron negras.

Las hermanas respondieron que querían que les contase la del moral que no sabían, y luego Alciote la empeçó a contar, diciendo:

–En las partes de Oriente había un gracioso y gentil mancebo que llamaban Píramo, y una muy linda y bien dispuesta doncella llamada Tisbe…

Ovidio, Las metamorfoses, o transformaciones de Ovidio, en quince libros, traducidos del latín en castellano, Madrid: Domingo Morrás, 1664, traducción de Jorge de Bustamente, fols. 66v-67r; corresponde al libro IV, versos 35-55
Ilustración inspirada en un dibujo de tradición andina quechua

 

Lo importante es conservar el sentimiento del relato

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En el nuevo libro he incluido varias historias muy antiguas que escribí de memoria, tal y como las escuché hace mucho tiempo. Con la memoria hay que tener cuidado; para ciertos hechos o detalles la memoria es probablemente más imaginativa que otra cosa, pero lo importante es conservar el sentimiento del relato. Es algo que nunca olvido: el sentimiento que uno recibe del relato es lo que hay que esforzarse por plasmar con fidelidad.

Leslie Marmon Silko (de los pueblo de Laguna, en Nuevo México) en una carta al poeta James Wright, en L. M. Silko y J. Wright, The Delicacy and Strength of Lace, edición de Anne Wright, Saint Paul, Minnesota: Graywolf Press, págs. 69-70
Ilustración inspirada en dibujo andino

Pasarán la noche entera escuchando el recitado de esta obra

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Hay una traducción cingalesa de la mayor parte de los játakas que es enormemente popular, no por las peculiares doctrinas budistas que contiene, puesto que a éstas sólo se alude de forma secundaria, sino por el hecho de ser una colección de relatos entretenidos que la gente cree que son incuestionablemente ciertos. […]

No pocas de las fábulas atribuidas a Esopo se encuentran aquí, y apenas sospecha el colegial, cuando lee sobre el ingenio del zorro o la astucia del mono, que, con el transcurso de los siglos, estos animales devienen el maestro de los tres mundos, Buda.

Cada játaka comienza con la fórmula yata-giya-dawasa, que es el equivalente exacto de nuestros “Hace mucho tiempo”. […] Un relato, a la manera habitual de las composiciones orientales, ofrece la oportunidad de introducir varias historias más que sólo dependen de forma somera del relato principal. Los cingaleses se pasan la noche entera escuchando el recitado de esta obra sin dar muestras de cansancio, y un gran número de játakas les son familiares incluso a las mujeres.

Robert Spence Hardy, A manual of Buddhism, in its modern development. Londres: Williams &Norgate, 1860, págs. 99-101
Ilustración inspirada en el dibujo de una jarra de Damasco

No un simple mensaje

CIRCULO ZEN

16 de enero, 1969

Se trata de un recital zulú, y después del recital expreso mi opinión sobre el simbolismo de uno de los relatos que he escuchado. El recitador zulú me interrumpe, y me explica que el sentido del relato consiste en la totalidad del recital, no en un simple mensaje. El recital es lo que cuenta. El recitador zulú me explica, “Si tuviera que decirte lo que la historia significa, tendría que volver a contártela”.

Harold Scheub, The poem in the Story: Music, Poetry and Narrative, Madison: The University of Wisconsin Press, 2002, pág. 119
Ilustración: Énso

ningákaniak. trenzar el relato

 

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Ningákaniak = Este es el borde o canto del relato, utilizado siempre al final de una narración; esta imagen parece tomada del trenzado de sombreros [o cestas].

Klamath o modoc, Oregón, Norteamérica; de los manuscritos inéditos del trabajo de campo de Jeremiah Curtin (1835-1906), Smithsonian Institution, Archivos Antropológicos Nacionales, NAA 2348

Antes se toma un trago que se cuenta un cuento

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Y lo miró; y cuando vio lo bello que era, dijo:

¿Serías tan amable de venir conmigo a casa de mi padre para tomar algo?

Así que el mozo fue y se sentó con ella, y antes de preguntarle nada, ella le sirvió vino y le dijo:

Antes se toma un trago que se cuenta un cuento.

Cuando hubo bebido, el mozo se puso a hablar, y le contó todo lo sucedido, y cómo la había visto en sueños, y cuándo, y ella se alegró mucho.

Yo también te vi en sueños la misma noche –dijo.

J. M. de Prada-Samper (ed.), Cuentos populares de las Tierras Altas escocesas recogidos por John Francis Campbell, Madrid: Siruela: 2009, p. 182 
Ilustración inspirada en un elemento decorativo de la época baja, Egipto Antiguo

La narración de historias siempre podrá defenderse sola

RHINO HOM. NARRR

No estoy defendiendo el arte que practico. La novela, la narración de historias en general, siempre podrá defenderse sola. […]

La narración de historias puede defenderse sola. ¿Es esto cierto? ¿Han sido los censores tan ineficaces siglo tras siglo? Sí, lo han sido. Son ineficaces porque, al establecer las normas que los relatos no podían transgredir, y al hacer cumplir estas normas, no se dan cuenta de que el carácter ofensivo de los relatos no está en que transgredan normas concretas, sino en su capacidad para crear y alterar sus propias normas. […] Porque (y parodio un tanto esta postura) un relato no es un mensaje con un envoltorio, un envoltorio retórico o estético. No es un mensaje al que se añade un residuo, el residuo, el arte con el que el mensaje está recubierto por el residuo, formando la temática de la retórica o la estética, o la apreciación literaria. En las historias no hay añadidos. No están compuestas por una cosa a la que se añade otra, mensaje más vehículo, subestructura más superestructura. En el teclado con el que se escriben, la tecla + no funciona. Siempre hay una diferencia; y la diferencia no es una parte, la parte que queda atrás después de la substracción. La tecla – tampoco funciona: la diferencia lo es todo.

La narración de historias (dejen que me repita aún a riesgo de aburrirles) no es una forma de hacer que los mensajes sean, como suele decirse, ‘efectivos’. La narración de historias es otra [another] forma de pensar, una forma otra de pensar [an other mode of thinking]. Es más venerable que la Historia, tan antigua como la cucaracha. Como las cucarachas, las narraciones pueden consumirse. No hay más que arrancarles las alas y echarles un poco de sal. Son nutritivas, hasta cierto punto, aunque si lo que de verdad quieres es nutrición probablemente la buscarás por otro lado. Las cucarachas también pueden colonizarse. Puedes atraparlas en una trampa para cucarachas, criarlas (con gran facilidad), concentrarlas en granjas de cucarachas. Puedes atravesarlas con alfileres y ponerlas en vitrinas, etiquetadas. Puedes usar sus alas para cubrir las pantallas de las lámparas. Puedes realizar diminutas disecciones de su sistema respiratorio, puedes teñirlas, fotografiarlas, enmarcarlas y colgarlas de la pared. Puedes, si quieres, secarlas y, hacerlas polvo y mezclarlas con explosivos de alta potencia y transformarlas en bombas. Puedes incluso hacer relatos sobre ellas, como hizo Kafka, aunque esto es muy difícil. Una de las cosas que, según parece, no puedes hacer, es erradicarlas. Se reproducen, como dice el tropo, como moscas, y en las circunstancias más crudas. Se desconoce el motivo por el que están en la Tierra, la cual, probablemente, sería un lugar más agradable –sin duda más fácil de entender– sin ellas. Se dice que seguirán aquí cuando nosotros, y todos nuestros artefactos, hayamos desaparecido.

A esto se le llama parábola –una forma cultivada por grupos marginales, grupos que no tienen lugar en las corrientes dominantes, en la trama principal de la Historia–, porque es difícil determinar qué es lo que quiere decir.

Al final, sigue habiendo una diferencia entre una cucaracha y un relato, y la diferencia sigue siéndolo todo.

J. M. Coetzee, “The Novel Today”, Upstream , vol. 6, 1988, págs. 3-4
Ilustración inspirada en el dibujo de un rinoceronte en la Cueva de Chauvet, Francia

 

Cada persona tiene su forma de pensar

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Sí, por supuesto, algunas personas cuentan cuentos de una forma, algunas los cuentan de otra. Quizá se deba a que la gente a veces se separa durante un tiempo y sigue contando historias. Pero en todos estos relatos sobre los viejos tiempos; la gente utiliza palabras y nombres distintos para las mismas cosas. Hay muchas formas diferentes de hablar. Lo que pasa es que cada persona tiene su forma de pensar.

!Unn /obe, narradora de los Ju/’hoansi del Kalahari; Megan Biesele, Women Like Meat: The Folklore and Foraging Ideology of the Kalahari Ju/’hoan, Johannesburg: Witswatersrand University Press, 1993, pág. 66
Ilustración inspirada en el dibujo de una tortuga de la cultura Mimbres

La faltriquera de los cuentos

NETSUKE HOM. NARRR

Y entonces, en las frías noches de invierno, abuelita se metía en su pequeño compartimento, su tienda, y se contaban historias. Yo entonces era muy pequeño, pero recuerdo bien a mi abuela. Alrededor del fueguecito se contaban historias maravillosas. Recuerdo a mi papá sentado alrededor del fuego, en medio del suelo, apenas una pequeña hoguera de ramas en el centro de la tienda, un agujero en el techo, y el humo que salía directamente por el agujero. Una lamparita de parafina, hecha por mi padre, estaba apagada.

Abuelita contaba una historia, padre contaba una historia. Quizá algunos nómadas [Travellers] que pasaban por allí se paraban y plantaban su tienda en «El Rincón de los Caldereros», un lugar al otro lado del arroyo, frente al bosque en el que acampábamos. […] También ellos contaban historias y tenían allí un pequeño encuentro. Nuestra tienda era un lugar en el que paraban los nómadas que venían hasta Argyll, y siempre había tiempo para un relato.

Bueno, pues abuelita pasaba con nosotros todo el invierno, en esa gran tienda, con su pequeño compartimento. […]

Abuelita era una anciana, y en aquellos días de antaño ninguna anciana de los nómadas llevaba bolso. Lo que si llevaban alrededor de la cintura era una gran faltriquera. Me acuerdo de la de abuelita; la había hecho ella misma, una faltriquera de tartán. Era como un bolso grande, con una correa, y se lo ataba a la cintura. Tenía tres botones de nácar en el centro; en aquellos tiempos no había cremalleras. Abuelita llevaba todos sus bienes materiales en esta faltriquera.

Bien, abuelita fumaba un pequeña pipa de barro. Y cuando necesitaba tabaco, decía:

Pequeños, quiero que vayáis al pueblo a por tabaco para mi pipa.

Y nos daba a mi hermana y a mí tres peniques, uno para cada uno, y el otro para tabaco. El viejo tendero solía tener un rollo de tabaco, y cortaba un poquito para abuelita a cambio del penique. Nosotros volvíamos, y la recompensa era:

¡Abuelita, cuéntanos un cuento!

Ella se sentaba allí, frente a su pequeña tienda, y tenía un cacito y un pequeña hoguera.

Recogíamos ramas para ella, y ella se hacía un té negro y fuerte. Levantaba el cacito, lo ponía al lado del fuego y decía:

Bueno, pequeños, ¡voy a ver que puedo encontrar esta vez para vosotros en mi faltriquera!

Abría su gran faltriquera, con sus tres botones de nácar, que tenía al lado. Los recuerdo bien, y decía:

Bueno, pues os contaré este cuento.

Quizá fuera el que había contado tres noches antes. Quizá era uno que no había contado en semanas. A veces nos contaba un cuento tres, cuatro veces; a veces nos contaba uno que nunca antes habíamos oído.

Así que, un día, mi hermana y yo volvimos del pueblo. Estábamos jugando, y nos acercamos a la tienda de abuelita. El sol brillaba, cálido. El cacito de té de la abuela estaba junto al fuego: estaba frío, el fuego se había consumido. El sol calentaba. Abuelita estaba tumbada, con las manos bajo la cabeza, como una anciana, y su camita estaba frente a la tienda. A su lado estaba la faltriquera. Era la primera vez que la veíamos separada de la cintura de abuelita. Probablemente se la quitaba por la noche, al irse a acostar. Pero por el día, ¡nunca!

De modo que mi hermana y yo nos deslizamos en silencio, y dijimos:

¡Abuelita está dormida! Ahí está su faltriquera. ¡Vamos a ver cuántos cuentos hay en la faltriquera de abuelita!

Así que, con mucho cuidado, la cogimos y la llevamos detrás del árbol junto al que vivíamos en el bosque, y desabrochamos los tres botones de nácar. ¡Y lo que había en esa faltriquera era como la cueva de Aladino! Había pipas de barro, monedas de tres peniques, anillos, monedas de medio penique, perras gordas, broches, agujas, alfileres, todo lo que una anciana lleva consigo, dedales… ¡pero ni una solo cuento pudimos encontrar! Así que no tocamos nada. Lo volvimos a poner todo dentro, cerramos la faltriquera y la pusimos donde la habíamos encontrado, la dejamos junto a abuelita.

Dijimos:

Nos iremos otra vez a jugar, y volveremos con abuelita cuando despierte.

Así que nos fuimos de nuevo a jugar, volvimos más o menos una hora después, y abuelita estaba levantada. Y nos sentamos a su lado. Después de tomarse su té negro y fuerte, ella comenzó a encender su pipa. nosotros le preguntamos:

Abuelita, ¿nos vas a contar un cuento?

Sí, pequeños –respondió–. Os contaré un cuento.

Le encantaba contarnos cuentos porque nos hacía compañía, también era buena compañía para ella sentarse allí con nosotros, los niños. Dijo:

Ahora esperad un momento, esperad a ver qué tengo para vosotros esta noche.

Y abrió aquella faltriquera. Nos miró un rato a mí y a mi hermanita, nos miró largo rato con sus ojos azules. Dijo:

¿Sabéis una cosa, niños?

Respondimos:

No, abuelita.

Ella dijo:

Resulta que, cuando estaba durmiendo, alguien ha abierto mi faltriquera, ¡y todos los cuentos se han ido! Esta noche, niños, no os puedo contar ningún cuento.

Y esa noche no nos contó ningún cuento. Y nunca volvió a contarnos un cuento. Y yo tenía diecisiete años cuando murió mi abuelita, pero sólo once cuando esto sucedió. Abuelita no volvió a contarme ninguna historia, ¡y esta es una historia que sucedió de veras!

Duncan Williamson, The Horsieman: Memories of a Traveller 1928-1958, Edimburgo, Canongate Press, 1994, páginas 6-8

Ilustración inspirada en un netsuke japonés