La verdad, las mentiras y los sueños

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Para ser un individuo, se debe ser también nada. Para conocerse a sí mismo, se debe ser capaz de no conocer nada. Los asómnicos conocen el mundo de manera continua e inmediata, sin instantes vacíos, sin espacio para la individualidad. Al no tener sueños, no cuentan historias y por tanto no tienen necesidad de lenguaje. Sin lenguaje, no hay espacio para la mentira. Tampoco para el futuro. Viven aquí, ahora, en perfecto contacto. Viven en la más pura facticidad. Pero no pueden vivir en la verdad, porque el camino a la verdad, dice el filósofo, discurre a través de las mentiras y los sueños.

Ursula K. LeGuin, La isla despierta, en Planos paralelos, Barcelona, Minotauro, 2005, pág. 173, trad. de Manuel Manzano, revisada por Carme López
Ilustración inspirada en un dibujo Inuit
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Otro género particular de cohecho

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De las memorias de infancia del escritor egipcio Taha Husein (1889-1973), que se quedó ciego a los tres años:

Y aún había otro género particular de cohecho que le placía hasta el disloque y le animaba a abandonar su deber de la peor manera; es, a saber: los cuentos, las historias y los libros. Siempre que un niño podía contarle una conseja, o comprar para él un libro al hombre que iba vendiéndolos por las aldeas, o leerle un capítulo de la historia de al-Zir Salim o de Abu Zaid, podía estar seguro de obtener de su benevolencia, de su simpatía y de su amistad la prueba que quisiera.

Taha Husein, Los días: Memorias de infancia y juventud, traducción de Emilio García-Gómez, La Coruña: Ediciones del Viento 2004, p. 55
Ilustración inspirada en un textil antiguo andino

Inventar

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De pequeña, [Edith Wharton] tenía el curioso hábito de lo que ella llamaba “inventar”. Antes de que aprendiera a leer, se sentaba durante horas con un libro en el regazo y fingía leer uno de los cuentos que contenía. Cuanto más negra y densa era la tipografía, mejor. Caminaba rápidamente arriba y abajo y entraba en una especie de éxtasis de composición verbal; en cierta ocasión, su madre intentó anotar lo que Edith decía, pero no pudo mantener el ritmo. Cuando una niña llegó de visita para jugar, Edith le pidió a su madre: “Entretenme a esa niña. Yo tengo que inventar”. Más tarde, cuando aprendió a leer, su inmersión en textos reales se mantuvo en la línea de estas invenciones obsesivas.

Edmund White, “The House of Edith”, New York Review of Books, 26 April, 2007, pág. 39
Ilustración inspirada por los créditos de la serie de TV Juego de tronos 

Sabes, el cuento es como un árbol joven.

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Sabes, el cuento es como un árbol joven. Crece, se desarrolla, lo podas, lo injertas, lo limpias; de él brotarán hojas, ramitas y frutos. Una nueva vida se desarrolla, como sucede con los humanos. ¿Quién sabe qué será? Así es el cuento. En una ocasión comencé a narrar un cuento sobre una muchacha que encontró una caja. La cogió, miró el interior, la abrió. Había un dragón. El dragón la agarró y se la llevó. Lo que pasó después lo estuve contando una semana. Así va el cuento: como nosotros queremos, solo que ha de tener una base; después se le puede añadir cualquier cosa. (Reflexiones del narrador húngaro  Ferenc Czapár, pescador de profesión).

Linda Dégh,  Narratives in Society: A Performer-Centered Study of Narration, Helsinki, Academia Scientarum Fennica, Folklore Fellows Communications no 255. pág. 44. 1995.
Ilustración inspirada en el arte de la cultura Maya.