Antes se toma un trago que se cuenta un cuento

FIGURA HN_SERPIENTE

 

Y lo miró; y cuando vio lo bello que era, dijo:

¿Serías tan amable de venir conmigo a casa de mi padre para tomar algo?

Así que el mozo fue y se sentó con ella, y antes de preguntarle nada, ella le sirvió vino y le dijo:

Antes se toma un trago que se cuenta un cuento.

Cuando hubo bebido, el mozo se puso a hablar, y le contó todo lo sucedido, y cómo la había visto en sueños, y cuándo, y ella se alegró mucho.

Yo también te vi en sueños la misma noche –dijo.

J. M. de Prada-Samper (ed.), Cuentos populares de las Tierras Altas escocesas recogidos por John Francis Campbell, Madrid: Siruela: 2009, p. 182 
Ilustración inspirada en un elemento decorativo de la época baja, Egipto Antiguo
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La verdad de los mitos

FIGURA HN_RIO GRANDE

 

Los mitos son ante todo ‘verdades ficticias’ que transmiten verdades importantes para la vida; para nosotros, sin embargo, y a veces para los indios, son ficticios. Los tewa del pueblo de Santa Clara de Nuevo México introducen algunos relatos con palabras como éstas: ‘En un lugar que nunca fue, en un tiempo que nunca fue, esto no sucedió’.

Los indios nootka de la isla de Vancouver insisten en la verdad literal de los relatos que hablan de cómo el fundador de un linaje obtuvo las prerrogativas de éste. Dichos relatos son ciertos porque la aventura inicial tuvo lugar y la historia se ha transmitido desde entonces a través de una cadena sucesoria conocida. Pero, [entre los nootka,] es posible referirse en inglés a los mitos como ‘cuentos de hadas’. La herencia, en suma, es un hecho histórico; las verdades de los mitos pueden ser de otros tipos.

América del Norte; Dell Hymes, “Notes toward (an understanding of) supreme fictions”, in I know only so far: Essays in Ethnopoetics, Lincoln & London: University of Nebraska Press, 2003, pág. 382 
Ilustración inspirada en un motivo indígena de la zona de Río Grande

 

Érase que se era, érase que no se era

zalktis

 

Érase que se era, érase que no se era, cuando el cedazo estaba en la paja, cuando el camello era pregonero y el gallo barbero, cuando Alá tenía muchas criaturas pero era pecado hablar demasiado…

Fórmula de inicio turca; Warren S. Walker y Ahmet E. Uysal, More Tales Alive in Turkey, Lubbock: Texas Tech University Press, 1992, pág. 154
Ilustración inspirada por un dibujo tradicional de Letonia

No se tolera apartarse demasiado de la trama tradicional

FIGURA hohokam

Puede afirmarse con confianza que no hay en el mundo tribu aborigen en la que la narración de mitos no esté limitada a un reducido grupo de individuos dotados de este talento concreto. Estos individuos son siempre muy respetados por la comunidad, y se les permite que se tomen con un texto determinado libertades que les están vedadas al resto de la gente. De hecho, en ocasiones se les admira por tomarse esas libertades. Si bien es indudable que la teoría aceptada en todas partes es que un mito debe siempre contarse del mismo modo, todo lo que la teoría quiere decir aquí es lo que ya dije antes, esto es, que lo esencial de la trama, los temas y el dramatis personae no cambian. En resumidas cuentas, no se tolera una ruptura acusada con respecto al argumento tradicional o la tradición literaria concreta. Las libertades que se le permiten a un narrador de talento varían de un mito a otro, de una tribu a otra y, dentro de la propia tribu, de un periodo a otro.

Entre los winnebago, como ya hemos indicado, el derecho a narrar un mito determinado, esto es, un waikan, pertenece a una familia o un individuo concretos. En cierto sentido, el mito es un “bien” que le pertenece y, como tal, a menudo posee un alto valor pecuniario. En los casos en que el mito era muy sagrado o muy largo, era necesario adquirirlo por entregas. Sin embargo, el número de personas con derecho a comprarlo estaba rigurosamente restringido, puesto que nadie se tomaría la molestia de comprar el derecho a narrar un mito por simple curiosidad, ni el dueño se lo contaría a una persona así. Lo que sucedía en realidad era que un waikan pasaba de un narrador de talento a otro.

Esto significaba que su contenido y estilo, si bien podían haber quedado fijados de forma básica y primaria por la tradición, quedaban fijados de forma secundaria por individuos de una habilidad literaria específica que infundían a este waikan la impronta de sus propio genio y temperamento. Huelga decir que intentaban narrarlo con la misma excelencia y autenticidad que sus más dotados predecesores. Los conformistas y ‘clasicistas’ más estrictos entre los narradores intentarían manifiestamente preservar el lenguaje exacto de un predecesor. No obstante, no se le exigía fidelidad. De hecho, en general los oyentes preferirían y valorarían a un narrador en función de su propio estilo y forma de expresarse, esto es, en función de su propia personalidad. No debemos olvidar que no estamos tratando aquí de relatos escritos. Cada relato era, estrictamente hablando, un drama en el que la actuación del narrador era tan crucial como el relato en sí. Recalcar una cosa tan elemental puede parecer innecesario, pero es algo que a menudo se olvida.

Sobre la tradición de los winnebago, un pueblo amerindio de la zona de los Grandes Lagos; Paul Radin, The Trickster: A Study in American Indian Mythology, Nueva York: Philosophical Library, pág. 122
Ilustración inspirada en un dibujo de la cultura hohokam

Narradores de alquiler en la vieja Rusia

CILINDRO HOMO NARR.

Ya en fuentes rusas del siglo XII se puede leer que un hombre rico que sufría de insomnio ordenó a sus sirvientes que le hicieran cosquillas en la planta de los pies, tañeran el gusli y le contaran cuentos de encantamiento. Iván el Terrible, que devino uno de los héroes más populares de los cuentos rusos, fue su degustador más ávido, y tres ciegos se turnaban en la cabecera de su cama, narrándole cuentos maravillosos antes de que conciliara el sueño. Hasta el siglo XVIII, diestros narradores de historias siguieron alegrando el asueto de zares y zarinas, príncipes y aristócratas. Incluso a finales de ese siglo encontramos en los periódicos rusos anuncios de ciegos que se ofrecen para trabajar en las casas de la aristocracia como narradores de historias. De niño, Lev Tolstoy se dormía con las narraciones de un anciano que el abuelo del conde había comprado, cierta vez, por los cuentos de encantamiento que sabía y su forma magistral de narrarlos.

Roman Jakobson, “On Russian Fairy Tales”, en A. Afanasiev, Russian Fairy Tales, traducción de Norbert Guterman, Nueva York: Pantheon, 1945, pág. 635

Ilustración inspirada en un dibujo mesopotámico

La narración de historias siempre podrá defenderse sola

RHINO HOM. NARRR

No estoy defendiendo el arte que practico. La novela, la narración de historias en general, siempre podrá defenderse sola. […]

La narración de historias puede defenderse sola. ¿Es esto cierto? ¿Han sido los censores tan ineficaces siglo tras siglo? Sí, lo han sido. Son ineficaces porque, al establecer las normas que los relatos no podían transgredir, y al hacer cumplir estas normas, no se dan cuenta de que el carácter ofensivo de los relatos no está en que transgredan normas concretas, sino en su capacidad para crear y alterar sus propias normas. […] Porque (y parodio un tanto esta postura) un relato no es un mensaje con un envoltorio, un envoltorio retórico o estético. No es un mensaje al que se añade un residuo, el residuo, el arte con el que el mensaje está recubierto por el residuo, formando la temática de la retórica o la estética, o la apreciación literaria. En las historias no hay añadidos. No están compuestas por una cosa a la que se añade otra, mensaje más vehículo, subestructura más superestructura. En el teclado con el que se escriben, la tecla + no funciona. Siempre hay una diferencia; y la diferencia no es una parte, la parte que queda atrás después de la substracción. La tecla – tampoco funciona: la diferencia lo es todo.

La narración de historias (dejen que me repita aún a riesgo de aburrirles) no es una forma de hacer que los mensajes sean, como suele decirse, ‘efectivos’. La narración de historias es otra [another] forma de pensar, una forma otra de pensar [an other mode of thinking]. Es más venerable que la Historia, tan antigua como la cucaracha. Como las cucarachas, las narraciones pueden consumirse. No hay más que arrancarles las alas y echarles un poco de sal. Son nutritivas, hasta cierto punto, aunque si lo que de verdad quieres es nutrición probablemente la buscarás por otro lado. Las cucarachas también pueden colonizarse. Puedes atraparlas en una trampa para cucarachas, criarlas (con gran facilidad), concentrarlas en granjas de cucarachas. Puedes atravesarlas con alfileres y ponerlas en vitrinas, etiquetadas. Puedes usar sus alas para cubrir las pantallas de las lámparas. Puedes realizar diminutas disecciones de su sistema respiratorio, puedes teñirlas, fotografiarlas, enmarcarlas y colgarlas de la pared. Puedes, si quieres, secarlas y, hacerlas polvo y mezclarlas con explosivos de alta potencia y transformarlas en bombas. Puedes incluso hacer relatos sobre ellas, como hizo Kafka, aunque esto es muy difícil. Una de las cosas que, según parece, no puedes hacer, es erradicarlas. Se reproducen, como dice el tropo, como moscas, y en las circunstancias más crudas. Se desconoce el motivo por el que están en la Tierra, la cual, probablemente, sería un lugar más agradable –sin duda más fácil de entender– sin ellas. Se dice que seguirán aquí cuando nosotros, y todos nuestros artefactos, hayamos desaparecido.

A esto se le llama parábola –una forma cultivada por grupos marginales, grupos que no tienen lugar en las corrientes dominantes, en la trama principal de la Historia–, porque es difícil determinar qué es lo que quiere decir.

Al final, sigue habiendo una diferencia entre una cucaracha y un relato, y la diferencia sigue siéndolo todo.

J. M. Coetzee, “The Novel Today”, Upstream , vol. 6, 1988, págs. 3-4
Ilustración inspirada en el dibujo de un rinoceronte en la Cueva de Chauvet, Francia

 

Cada persona tiene su forma de pensar

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Sí, por supuesto, algunas personas cuentan cuentos de una forma, algunas los cuentan de otra. Quizá se deba a que la gente a veces se separa durante un tiempo y sigue contando historias. Pero en todos estos relatos sobre los viejos tiempos; la gente utiliza palabras y nombres distintos para las mismas cosas. Hay muchas formas diferentes de hablar. Lo que pasa es que cada persona tiene su forma de pensar.

!Unn /obe, narradora de los Ju/’hoansi del Kalahari; Megan Biesele, Women Like Meat: The Folklore and Foraging Ideology of the Kalahari Ju/’hoan, Johannesburg: Witswatersrand University Press, 1993, pág. 66
Ilustración inspirada en el dibujo de una tortuga de la cultura Mimbres

La faltriquera de los cuentos

NETSUKE HOM. NARRR

Y entonces, en las frías noches de invierno, abuelita se metía en su pequeño compartimento, su tienda, y se contaban historias. Yo entonces era muy pequeño, pero recuerdo bien a mi abuela. Alrededor del fueguecito se contaban historias maravillosas. Recuerdo a mi papá sentado alrededor del fuego, en medio del suelo, apenas una pequeña hoguera de ramas en el centro de la tienda, un agujero en el techo, y el humo que salía directamente por el agujero. Una lamparita de parafina, hecha por mi padre, estaba apagada.

Abuelita contaba una historia, padre contaba una historia. Quizá algunos nómadas [Travellers] que pasaban por allí se paraban y plantaban su tienda en «El Rincón de los Caldereros», un lugar al otro lado del arroyo, frente al bosque en el que acampábamos. […] También ellos contaban historias y tenían allí un pequeño encuentro. Nuestra tienda era un lugar en el que paraban los nómadas que venían hasta Argyll, y siempre había tiempo para un relato.

Bueno, pues abuelita pasaba con nosotros todo el invierno, en esa gran tienda, con su pequeño compartimento. […]

Abuelita era una anciana, y en aquellos días de antaño ninguna anciana de los nómadas llevaba bolso. Lo que si llevaban alrededor de la cintura era una gran faltriquera. Me acuerdo de la de abuelita; la había hecho ella misma, una faltriquera de tartán. Era como un bolso grande, con una correa, y se lo ataba a la cintura. Tenía tres botones de nácar en el centro; en aquellos tiempos no había cremalleras. Abuelita llevaba todos sus bienes materiales en esta faltriquera.

Bien, abuelita fumaba un pequeña pipa de barro. Y cuando necesitaba tabaco, decía:

Pequeños, quiero que vayáis al pueblo a por tabaco para mi pipa.

Y nos daba a mi hermana y a mí tres peniques, uno para cada uno, y el otro para tabaco. El viejo tendero solía tener un rollo de tabaco, y cortaba un poquito para abuelita a cambio del penique. Nosotros volvíamos, y la recompensa era:

¡Abuelita, cuéntanos un cuento!

Ella se sentaba allí, frente a su pequeña tienda, y tenía un cacito y un pequeña hoguera.

Recogíamos ramas para ella, y ella se hacía un té negro y fuerte. Levantaba el cacito, lo ponía al lado del fuego y decía:

Bueno, pequeños, ¡voy a ver que puedo encontrar esta vez para vosotros en mi faltriquera!

Abría su gran faltriquera, con sus tres botones de nácar, que tenía al lado. Los recuerdo bien, y decía:

Bueno, pues os contaré este cuento.

Quizá fuera el que había contado tres noches antes. Quizá era uno que no había contado en semanas. A veces nos contaba un cuento tres, cuatro veces; a veces nos contaba uno que nunca antes habíamos oído.

Así que, un día, mi hermana y yo volvimos del pueblo. Estábamos jugando, y nos acercamos a la tienda de abuelita. El sol brillaba, cálido. El cacito de té de la abuela estaba junto al fuego: estaba frío, el fuego se había consumido. El sol calentaba. Abuelita estaba tumbada, con las manos bajo la cabeza, como una anciana, y su camita estaba frente a la tienda. A su lado estaba la faltriquera. Era la primera vez que la veíamos separada de la cintura de abuelita. Probablemente se la quitaba por la noche, al irse a acostar. Pero por el día, ¡nunca!

De modo que mi hermana y yo nos deslizamos en silencio, y dijimos:

¡Abuelita está dormida! Ahí está su faltriquera. ¡Vamos a ver cuántos cuentos hay en la faltriquera de abuelita!

Así que, con mucho cuidado, la cogimos y la llevamos detrás del árbol junto al que vivíamos en el bosque, y desabrochamos los tres botones de nácar. ¡Y lo que había en esa faltriquera era como la cueva de Aladino! Había pipas de barro, monedas de tres peniques, anillos, monedas de medio penique, perras gordas, broches, agujas, alfileres, todo lo que una anciana lleva consigo, dedales… ¡pero ni una solo cuento pudimos encontrar! Así que no tocamos nada. Lo volvimos a poner todo dentro, cerramos la faltriquera y la pusimos donde la habíamos encontrado, la dejamos junto a abuelita.

Dijimos:

Nos iremos otra vez a jugar, y volveremos con abuelita cuando despierte.

Así que nos fuimos de nuevo a jugar, volvimos más o menos una hora después, y abuelita estaba levantada. Y nos sentamos a su lado. Después de tomarse su té negro y fuerte, ella comenzó a encender su pipa. nosotros le preguntamos:

Abuelita, ¿nos vas a contar un cuento?

Sí, pequeños –respondió–. Os contaré un cuento.

Le encantaba contarnos cuentos porque nos hacía compañía, también era buena compañía para ella sentarse allí con nosotros, los niños. Dijo:

Ahora esperad un momento, esperad a ver qué tengo para vosotros esta noche.

Y abrió aquella faltriquera. Nos miró un rato a mí y a mi hermanita, nos miró largo rato con sus ojos azules. Dijo:

¿Sabéis una cosa, niños?

Respondimos:

No, abuelita.

Ella dijo:

Resulta que, cuando estaba durmiendo, alguien ha abierto mi faltriquera, ¡y todos los cuentos se han ido! Esta noche, niños, no os puedo contar ningún cuento.

Y esa noche no nos contó ningún cuento. Y nunca volvió a contarnos un cuento. Y yo tenía diecisiete años cuando murió mi abuelita, pero sólo once cuando esto sucedió. Abuelita no volvió a contarme ninguna historia, ¡y esta es una historia que sucedió de veras!

Duncan Williamson, The Horsieman: Memories of a Traveller 1928-1958, Edimburgo, Canongate Press, 1994, páginas 6-8

Ilustración inspirada en un netsuke japonés

Donde van los cuentos una vez narrados

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El cuento se adentró en el bosque, los pensamientos en nuestra propia mente.

Formula de cierre de las narradoras maithil de Nepal; Coralynn V. Davis, Maithil Women’s Tales: Storytelling on the Nepal-India Border, Urbana & Springfield: University of Illinois Press, 2014, p. 1

Ilustración inspirada en un dibujo del pueblo Huichol, México

Fuerzas ajenas a él

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¿Cómo se hace alguien cantor, preguntas? No forzando la voz en las cumbres peladas de los cerros, ni siquiera haciéndoles regalos a muchos maestros.

Entonces, Parchen-tulchi, un cantor nace cantor?

No, tampoco un tulchi (rapsoda) nace. ¿Cómo puede un hombre inventar imágenes de un mundo de héroes, cómo puede ver las cien cumbres nevadas del Altai y los diez lagos azules y los setenta ríos veloces y los camellos rojos y amarillos y las manadas de caballos negros, ruanos y moteados, si estas cosas no le son comunicadas por fuerzas ajenas a él?

¿Qué fuerzas son esas?

Cuando era un niño de doce años llevaba a pastar a la estepa los rebaños de mi padre. Un día vi a un gigante a lomos de un dragón, si era sueño o realidad no puedo decírtelo. El gigante me preguntó si quería convertirme en un cantor de epopeyas. Le dije al gigante que en verdad aquél era mi mayor deseo pero que temía que jamás pudiera verlo cumplido. Porque mi padre me iba a mandar al monasterio a ponerme el hábito del lama y aprender los libros sagrados. El gigante señaló una cabra blanca, la más grande y mejor del rebaño de cabras de mi padre. “Dame esa cabra para sacrificarla al rey de los dragones”, dijo, “y tales serán los cantos heroicos que entonarás que tu nombre será siempre amado allá donde los hombres se reúnan en torno a las hogueras, o se junten en los grandes festejos de los príncipes”.

Accedí gustoso; el gigante me golpeó en el hombro, montó su dragón y se marchó. Cuando volví en mí no había nadie, ni gigante, ni dragón, pero cerca de allí un lobo se estaba comiendo la cabra blanca, la mismísima que el gigante había exigido para el sacrificio. Desde ese día supe que tenía el don del canto, otorgado por el señor de los dragones en persona.

¿Y entonces todo fue fácil… canto, fama, y conocimiento?

Parchen sonrió.

Nada fue fácil. Pues mi padre me zurró la badana porque el lobo había devorado su cabra. Me mandó al monasterio, y allí los monjes me zurraban porque no podía aprender la sagrada doctrina.

Sin embargo, ¿llegaste a ser cantor?

Tenía el don. Me dejaron aprender los cantos y cantar. Cuando los supe sentí el llamado de la estepa y dejé los sagrados muros para deambular entre las tiendas de los príncipes y cantar las gestas de mi gente.

Poseía muchos cantares, y los espíritus me hablaban con facilidad, de modo que me hice famoso entre los hombres. Muchos fueron los regalos que recibí, sedas, ropajes, sillas de montar, alfombras, caballos y ovejas, pero yo me lo gasté todo y de nuevo volví al monasterio. En aquellos días era alegre y despreocupado, dado a la embriaguez y a las mujeres, pródigo con todas las cosas, y amaba la vida de los hombres. En una ocasión incluso amé a una rusa, y ella me amó a mí.

Mongolia; Ralph Fox, “Conversation with a Lama”, New Writing, otoño de 1936, págs. 180-181
Ilustración inspirada en un hombre pájaro Rapa Nui, Isla de Pascua