indaba

INDABA

indaba, “asunto, suceso; caso; tema de conversación; transacción; relación; narración, cuento”.

A. T. Bryant, Zulu-English Dictionary, Pinetown, Natal: The Mariannhill Mission Press, 1905, p. 87
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Kum

KUM

kum, “relato, conversación, historia, noticia; sin. kumma … pl. kukúmmi”

(Bosquimanos |xam, Alto Karoo, Suráfrica; D. F. Bleek, A Bushman Dictionary, New Haven: American Oriental Society, 1956, pág. 106)

 

ningákaniak. trenzar el relato

 

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Ningákaniak = Este es el borde o canto del relato, utilizado siempre al final de una narración; esta imagen parece tomada del trenzado de sombreros [o cestas].

Klamath o modoc, Oregón, Norteamérica; de los manuscritos inéditos del trabajo de campo de Jeremiah Curtin (1835-1906), Smithsonian Institution, Archivos Antropológicos Nacionales, NAA 2348

Antes se toma un trago que se cuenta un cuento

FIGURA HN_SERPIENTE

 

Y lo miró; y cuando vio lo bello que era, dijo:

¿Serías tan amable de venir conmigo a casa de mi padre para tomar algo?

Así que el mozo fue y se sentó con ella, y antes de preguntarle nada, ella le sirvió vino y le dijo:

Antes se toma un trago que se cuenta un cuento.

Cuando hubo bebido, el mozo se puso a hablar, y le contó todo lo sucedido, y cómo la había visto en sueños, y cuándo, y ella se alegró mucho.

Yo también te vi en sueños la misma noche –dijo.

J. M. de Prada-Samper (ed.), Cuentos populares de las Tierras Altas escocesas recogidos por John Francis Campbell, Madrid: Siruela: 2009, p. 182 
Ilustración inspirada en un elemento decorativo de la época baja, Egipto Antiguo

La verdad de los mitos

FIGURA HN_RIO GRANDE

 

Los mitos son ante todo ‘verdades ficticias’ que transmiten verdades importantes para la vida; para nosotros, sin embargo, y a veces para los indios, son ficticios. Los tewa del pueblo de Santa Clara de Nuevo México introducen algunos relatos con palabras como éstas: ‘En un lugar que nunca fue, en un tiempo que nunca fue, esto no sucedió’.

Los indios nootka de la isla de Vancouver insisten en la verdad literal de los relatos que hablan de cómo el fundador de un linaje obtuvo las prerrogativas de éste. Dichos relatos son ciertos porque la aventura inicial tuvo lugar y la historia se ha transmitido desde entonces a través de una cadena sucesoria conocida. Pero, [entre los nootka,] es posible referirse en inglés a los mitos como ‘cuentos de hadas’. La herencia, en suma, es un hecho histórico; las verdades de los mitos pueden ser de otros tipos.

América del Norte; Dell Hymes, “Notes toward (an understanding of) supreme fictions”, in I know only so far: Essays in Ethnopoetics, Lincoln & London: University of Nebraska Press, 2003, pág. 382 
Ilustración inspirada en un motivo indígena de la zona de Río Grande

 

Érase que se era, érase que no se era

zalktis

 

Érase que se era, érase que no se era, cuando el cedazo estaba en la paja, cuando el camello era pregonero y el gallo barbero, cuando Alá tenía muchas criaturas pero era pecado hablar demasiado…

Fórmula de inicio turca; Warren S. Walker y Ahmet E. Uysal, More Tales Alive in Turkey, Lubbock: Texas Tech University Press, 1992, pág. 154
Ilustración inspirada por un dibujo tradicional de Letonia

No se tolera apartarse demasiado de la trama tradicional

FIGURA hohokam

Puede afirmarse con confianza que no hay en el mundo tribu aborigen en la que la narración de mitos no esté limitada a un reducido grupo de individuos dotados de este talento concreto. Estos individuos son siempre muy respetados por la comunidad, y se les permite que se tomen con un texto determinado libertades que les están vedadas al resto de la gente. De hecho, en ocasiones se les admira por tomarse esas libertades. Si bien es indudable que la teoría aceptada en todas partes es que un mito debe siempre contarse del mismo modo, todo lo que la teoría quiere decir aquí es lo que ya dije antes, esto es, que lo esencial de la trama, los temas y el dramatis personae no cambian. En resumidas cuentas, no se tolera una ruptura acusada con respecto al argumento tradicional o la tradición literaria concreta. Las libertades que se le permiten a un narrador de talento varían de un mito a otro, de una tribu a otra y, dentro de la propia tribu, de un periodo a otro.

Entre los winnebago, como ya hemos indicado, el derecho a narrar un mito determinado, esto es, un waikan, pertenece a una familia o un individuo concretos. En cierto sentido, el mito es un “bien” que le pertenece y, como tal, a menudo posee un alto valor pecuniario. En los casos en que el mito era muy sagrado o muy largo, era necesario adquirirlo por entregas. Sin embargo, el número de personas con derecho a comprarlo estaba rigurosamente restringido, puesto que nadie se tomaría la molestia de comprar el derecho a narrar un mito por simple curiosidad, ni el dueño se lo contaría a una persona así. Lo que sucedía en realidad era que un waikan pasaba de un narrador de talento a otro.

Esto significaba que su contenido y estilo, si bien podían haber quedado fijados de forma básica y primaria por la tradición, quedaban fijados de forma secundaria por individuos de una habilidad literaria específica que infundían a este waikan la impronta de sus propio genio y temperamento. Huelga decir que intentaban narrarlo con la misma excelencia y autenticidad que sus más dotados predecesores. Los conformistas y ‘clasicistas’ más estrictos entre los narradores intentarían manifiestamente preservar el lenguaje exacto de un predecesor. No obstante, no se le exigía fidelidad. De hecho, en general los oyentes preferirían y valorarían a un narrador en función de su propio estilo y forma de expresarse, esto es, en función de su propia personalidad. No debemos olvidar que no estamos tratando aquí de relatos escritos. Cada relato era, estrictamente hablando, un drama en el que la actuación del narrador era tan crucial como el relato en sí. Recalcar una cosa tan elemental puede parecer innecesario, pero es algo que a menudo se olvida.

Sobre la tradición de los winnebago, un pueblo amerindio de la zona de los Grandes Lagos; Paul Radin, The Trickster: A Study in American Indian Mythology, Nueva York: Philosophical Library, pág. 122
Ilustración inspirada en un dibujo de la cultura hohokam

Narradores de alquiler en la vieja Rusia

CILINDRO HOMO NARR.

Ya en fuentes rusas del siglo XII se puede leer que un hombre rico que sufría de insomnio ordenó a sus sirvientes que le hicieran cosquillas en la planta de los pies, tañeran el gusli y le contaran cuentos de encantamiento. Iván el Terrible, que devino uno de los héroes más populares de los cuentos rusos, fue su degustador más ávido, y tres ciegos se turnaban en la cabecera de su cama, narrándole cuentos maravillosos antes de que conciliara el sueño. Hasta el siglo XVIII, diestros narradores de historias siguieron alegrando el asueto de zares y zarinas, príncipes y aristócratas. Incluso a finales de ese siglo encontramos en los periódicos rusos anuncios de ciegos que se ofrecen para trabajar en las casas de la aristocracia como narradores de historias. De niño, Lev Tolstoy se dormía con las narraciones de un anciano que el abuelo del conde había comprado, cierta vez, por los cuentos de encantamiento que sabía y su forma magistral de narrarlos.

Roman Jakobson, “On Russian Fairy Tales”, en A. Afanasiev, Russian Fairy Tales, traducción de Norbert Guterman, Nueva York: Pantheon, 1945, pág. 635

Ilustración inspirada en un dibujo mesopotámico

La narración de historias siempre podrá defenderse sola

RHINO HOM. NARRR

No estoy defendiendo el arte que practico. La novela, la narración de historias en general, siempre podrá defenderse sola. […]

La narración de historias puede defenderse sola. ¿Es esto cierto? ¿Han sido los censores tan ineficaces siglo tras siglo? Sí, lo han sido. Son ineficaces porque, al establecer las normas que los relatos no podían transgredir, y al hacer cumplir estas normas, no se dan cuenta de que el carácter ofensivo de los relatos no está en que transgredan normas concretas, sino en su capacidad para crear y alterar sus propias normas. […] Porque (y parodio un tanto esta postura) un relato no es un mensaje con un envoltorio, un envoltorio retórico o estético. No es un mensaje al que se añade un residuo, el residuo, el arte con el que el mensaje está recubierto por el residuo, formando la temática de la retórica o la estética, o la apreciación literaria. En las historias no hay añadidos. No están compuestas por una cosa a la que se añade otra, mensaje más vehículo, subestructura más superestructura. En el teclado con el que se escriben, la tecla + no funciona. Siempre hay una diferencia; y la diferencia no es una parte, la parte que queda atrás después de la substracción. La tecla – tampoco funciona: la diferencia lo es todo.

La narración de historias (dejen que me repita aún a riesgo de aburrirles) no es una forma de hacer que los mensajes sean, como suele decirse, ‘efectivos’. La narración de historias es otra [another] forma de pensar, una forma otra de pensar [an other mode of thinking]. Es más venerable que la Historia, tan antigua como la cucaracha. Como las cucarachas, las narraciones pueden consumirse. No hay más que arrancarles las alas y echarles un poco de sal. Son nutritivas, hasta cierto punto, aunque si lo que de verdad quieres es nutrición probablemente la buscarás por otro lado. Las cucarachas también pueden colonizarse. Puedes atraparlas en una trampa para cucarachas, criarlas (con gran facilidad), concentrarlas en granjas de cucarachas. Puedes atravesarlas con alfileres y ponerlas en vitrinas, etiquetadas. Puedes usar sus alas para cubrir las pantallas de las lámparas. Puedes realizar diminutas disecciones de su sistema respiratorio, puedes teñirlas, fotografiarlas, enmarcarlas y colgarlas de la pared. Puedes, si quieres, secarlas y, hacerlas polvo y mezclarlas con explosivos de alta potencia y transformarlas en bombas. Puedes incluso hacer relatos sobre ellas, como hizo Kafka, aunque esto es muy difícil. Una de las cosas que, según parece, no puedes hacer, es erradicarlas. Se reproducen, como dice el tropo, como moscas, y en las circunstancias más crudas. Se desconoce el motivo por el que están en la Tierra, la cual, probablemente, sería un lugar más agradable –sin duda más fácil de entender– sin ellas. Se dice que seguirán aquí cuando nosotros, y todos nuestros artefactos, hayamos desaparecido.

A esto se le llama parábola –una forma cultivada por grupos marginales, grupos que no tienen lugar en las corrientes dominantes, en la trama principal de la Historia–, porque es difícil determinar qué es lo que quiere decir.

Al final, sigue habiendo una diferencia entre una cucaracha y un relato, y la diferencia sigue siéndolo todo.

J. M. Coetzee, “The Novel Today”, Upstream , vol. 6, 1988, págs. 3-4
Ilustración inspirada en el dibujo de un rinoceronte en la Cueva de Chauvet, Francia