Quien, juzgando a partir de la sórdida condición de una choza islandesa se imagine que sus habitantes no son mejores que salvajes, cambiaría pronto de opinión si lo acompañaran, un atardecer de invierno, a la estancia de techo bajo y mal ventilada donde se reúne la familia de un campesino o un minifundista.
En vano buscará entre los reunidos a una persona ociosa. Mujeres y muchachas cosen o tejen; los hombres y los muchachos se ocupan de reparar sus enseres agrícolas o los utensilios domésticos, o bien tallan o cortan con admirable pericia adornos o cajas de rapé en plata, marfil o madera.
A la dudosa luz de un lámpara de sebo, que apenas hace visible la oscuridad, se sienta un miembro de la familia que lee en voz alta una vieja saga o crónica, o quizá el último número del Northurfari, un almanaque literario islandés, que en los últimos años viene publicando el señor Gisle Brinjulfsson.
En ocasiones se repiten de memoria poemas o sagas enteros, y hasta hay narradores itinerantes que, como los trovadores y trovadoras de la Edad Media, deambulan de una granja a otra, y se ganan así un exiguo sustento.
G. Hartwig, Dwellers in the Arctic Regions: A Popular Account of the Men who Live in Polar Regions, Londres: Longsmans, Green & Co., págs. 67-68
Ilustración basada en una pintura rupestre bosquimana del Sur de África









