Todos escupen en el fuego

[Al anochecer] las mujeres han consumido informalmente su comida vespertina alrededor de las hogueras y simplemente charlan. En una choza, tres muchachas se sientan a la luz de las velas; una de ellas, que ha ido a la escuela, escribe para su amiga una carta de amor a su enamorado en la ciudad. […] En otra choza, unos niños han convencido a Mamujaji, una anciana, para que les cuente cuentos. Empieza:

–Ngano-Ngano (un cuento, un cuento).

Ellos contestan:

Ngano.

–Hace mucho tiempo –prosigue, pero antes de que pueda continuar ellos interrumpen:

Ngano.

Entonces prosigue:

–Vivió un chico que tenía llagas por todo el cuerpo.

Ngano –repiten cada vez que la mujer vacila o se para a recobrar el aliento.

–Cierto día, cuando las muchachas fueron a recoger hierba…

Este es el principio de un cuento sobre un pájaro que delata a las muchachas que mataron al chico. Una característica señalada es la frecuente aparición durante la narración del cuento de una canción o un estribillo, en este caso Phogu, Phogu ya Vorwa etc. (“Pájaro, pájaro del sur”), por lo que al interrumpir y entonar el estribillo, los oyentes parecen en el relato tan activamente como la de la propia narradora. Al final de cada cuento se produce un prolongado Ngaaano y todos escupen en el fuego.

En las pequeñas aldeas de hoy día la narración de cuentos casa ha desaparecido por completo. Donde no hay más que una o dos personas presentes, un cuento pierde casi todo su encanto, y hay muchos jóvenes de ambos sexos que casi no saben ningún cuento, sobre todo entre los cristianos, cuyos padres prefieren que se sepan la lección a contarles cuentos.

E. J. Kriege y J. D. Kriege, The Realm of a Rain-Queen: A Study of the Pattern of Lovedu Society, Londres, Nueva York y Toronto: Oxford University Press, 1943, pág. 29

Ilustración inspirada un petroglifo de los indios Pueblo de Norteamérica

Todos tienen que escuchar y narrar

[Entre los akamba, un pueblo del África oriental,] todo el mundo cuenta cuentos, pero hay distintos grados de habilidad y pericia en el arte de narrarlos. Del mismo modo, todo el mundo escucha cuentos, aunque ha de haber niños presentes cuando se cuenta una historia. Los adultos no narran historias entre ellos.

El momento ha de ser después del ocaso, pues los akamba dicen que ngewa ityi muyo muthenka (“los cuentos no son interesantes durante el día” o kuyananiwaa muthenya (“los cuentos no se narran durante el día”). La gente ya no está trabajando los campos o pastoreando en las llanuras. Las familias se juntan después de la jornada de trabajo, y cuando se termina el intercambio de noticias y hierven los pucheros, cuando los molinos callan y las vacas, tras ser ordeñadas, dejan de mugir, llega el momento de los cuentos. La gente se sienta alrededor del fuego; los niños dejan de jugar, y aguardan expectantes. Si un niño tiene que ir a otra casa a coger algo, el narrador aguarda hasta que en niño vuelve y está listo para escuchar. Los adultos deben abstenerse de causar interrupciones innecesarias.

Normalmente los abuelos saben más historias que los demás, seguidos de los padres y de los hermanos y hermanas mayores de los niños. Pero los miembros más jóvenes de la familia también deben aprender a narrar, lo que hacen repitiendo algunos de los cuentos transcurridos unos meses, o contándoselos a otros niños cuando van a visitar a sus parientes. La gente se ríe de quienes no saben cuentos, ni cómo narrarlos. De modo que todos tienen que escuchar y narrar. […]

El narrador insufla vida a la historia para hacerla atractiva. Si hay alguna moraleja que aprender, el narrador no la fuerza: si está bien contado, el cuento se prestará él mismo a ese fin. […] El narrador nunca menciona [las] lecciones [que pueden derivarse de un cuento.] Simplemente narra el cuento que expone en forma dramatizada estas lecciones.

John S. Mbiti, Akamba Stories, Oxford: Clarendon  Press, 1966, págs. 23-25

Ilustración inspirada en un dibujo del tambor de un chamán

La enseñanza primordial de un relato

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Al escuchar, siempre podías aprender algo nuevo, y algo que duraría toda la vida. Duncan dice: “Los narradores de los nómadas sabían que estaban contando algo que se recordaría años después de que hubieran desaparecido”, y “esta es la costumbre de los nómadas”; “te daban un relato que nunca olvidarías, para que a ellos no se los olvidara nunca”. Así, la enseñanza primordial de un relato es el respeto a la memoria del narrador cuando ya se ha ido.

Linda Williamson sobre su marido, Duncan Williamson, que pertenecía a la comunidad de los hojalateros nómadas de Escocia, en Linda Williamson, “What Storytelling Means to a Traveller: An Interview with Duncan Williamson, one of Scotland’s Travelling People”, Arv: Scandinavian Yearbook of Folklore, vol. 37, 1981, pág. 75
Ilustración inspirada en un dibujo tradicional de Costa de Marfil

Locos de la tormenta

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Podías estar sentado dentro de tu cabaña en un campamento invernal, en plena nevada, y de pronto –porque no llamábamos a la puerta– de pronto el cobertor de la entrada se abre y entra gateando un tipo con todo el pelo y el abrigo cubiertos de nieve, sacudiéndosela, y se trataría de un loco de la tormenta que acababa de salir del temporal. [Estos locos de la tormenta] deambulaban de campamento en campamento contando historias, llevando noticias. Se les consideraba a decir verdad hombres-medicina, personas notables. Se les tenía simplemente por un poco locos, por eso los llamaban “locos de la tormenta».

Ron Evans, narrador metis del Canadá, citado por Dan Yashinski, Suddenly they heard footsteps, Jackson: University Press of Mississippi, 2006, págs. 29-30
Ilustración: motivo pintura china tradicional

Otro género particular de cohecho

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De las memorias de infancia del escritor egipcio Taha Husein (1889-1973), que se quedó ciego a los tres años:

Y aún había otro género particular de cohecho que le placía hasta el disloque y le animaba a abandonar su deber de la peor manera; es, a saber: los cuentos, las historias y los libros. Siempre que un niño podía contarle una conseja, o comprar para él un libro al hombre que iba vendiéndolos por las aldeas, o leerle un capítulo de la historia de al-Zir Salim o de Abu Zaid, podía estar seguro de obtener de su benevolencia, de su simpatía y de su amistad la prueba que quisiera.

Taha Husein, Los días: Memorias de infancia y juventud, traducción de Emilio García-Gómez, La Coruña: Ediciones del Viento 2004, p. 55
Ilustración inspirada en un textil antiguo andino

Hacer que el material conocido sea relevante para el público

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El narrador no recrea el trabajo de otros, sino que más bien crea, en el proceso de narrar el relato, su propia versión interpretativa. Mediante el uso de recursos como la analogía, el narrador inculca al material ya conocido un sentido relevante para el público e imprime en él su sello personal.

Mary Ellen Page, “Professional storytelling in Iran: Transmission and practice”, Iranian Studies, vol. 12, 1979, pag. 212  
Gatopez. Ilustración inspirada en la cerámica de la cultura de Mimbres, Nuevo México. 

El mundo de los relatos no tiene fin

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Los recitales narrativos variaban también en otra dimensión, la de la explicitud y extensión. Un narrador admirado podía desgranar un relato de la extensión que quisiera a base de añadir detalles, pero también podía plasmar la esencia del relato de forma breve. Quienes ya conocían los relatos podrían evocarlos mediante los detalles proporcionados. La presuposición de que una parte representa apropiadamente al todo sigue viva, y quienes te atribuyen un conocimiento de los relatos a veces muestran sorpresa cuando preguntas por un detalle que no se ha dado. […] Un relato termina, como relato y como evento, pero el corpus narrativo y el mundo de los relatos no tiene fin.

Dell Hymes, “Discovering Oral Performance and Measured Verse in American Indian Narrative.” In “In vain I tried to tell you”: Essays in Native American Ethnopoetics, Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1981, p. 322
Ilustración inspirada por la decoración de huevos de avestruz de los pueblos bosquimanos. 

 

El que da mucho tributo en palabras

 

kamon

[S]hé-mutúro wábinwa / el que da mucho tributo en palabras: no es una expresión de alabanza, ni una crítica a quien habla demasiado, sino que se refiere a quien da tributo en palabras, que ayuda mediante su destreza como juez y orador.

Daniel Biebuyck and Kahomb C. Mattene, The Mwindo Epic from the Banyanga (Congo Republic), Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1969, p. 80 note 143  
Ilustración inspirada en un kamon, símbolo usado por los samuráis

Prohibido cabecear

Amuleto sumerio

 

«Las canciones de los pápago se transmiten de cantor en cantor con más cuidado que los poemas de Homero. Un hombre sueña sus propias canciones y se las da a su hijo; pero antes de que naciera ya existía un corpus de magia mediante el cual los antepasados gobernaban su mundo. A este conjunto de cantos y relatos lo he llamado a veces la ‘Biblia pápago’. Como buena parte de la literatura no escrita del Sudoeste [de Estados Unidos], es mitad prosa y mitad verso […].

»En toda aldea pápago hay un anciano cuya función hereditaria es recitar esta ‘Biblia’. El momento convenido para su recital son esas cuatro noches de invierno ‘cuando el sol se detiene’ antes de dar la vuelta en ese viaje al sur en el que se diría que quizá podría llevarse su luz para siempre.

»En esas noches –cuatro, porque todo lo sagrado va de cuatro en cuatro– los hombres pápago se reunían en la casa ceremonial […].

»Los hombres se sentaban con las piernas cruzadas, los brazos plegados y la cabeza inclinada. Esta era la postura que el decoro exigía, del mismo modo que nuestros antepasados victorianos exigían sentarse erguido en el banco de la iglesia. Nadie debía interrumpir al orador con una pregunta o siquiera un movimiento. Nadie debía cabecear. Si alguien lo hacía, uno de sus vecinos le metía un cigarrillo ardiendo entre los dedos de los pies, calzados con sandalias. Si el orador lo veía, se paraba abruptamente y por aquella noche ya no había más narración de historias.

»El narrador había trabajado quizá durante años para memorizar toda esa compleja masa de prosa y verso. La prosa la complementaba en ocasiones con ilustraciones y explicaciones de su cosecha, pero el verso no podía cambiarse. La letra y la tonada de cada canción habían sido ‘dadas’ por Hermano Mayor [el creador]; también el punto exacto en que aparecían dentro del relato. Un anciano se ha negado a contarme una historia porque ha olvidado la tonada de una canción, y por eso no puede contarme el relato completo. Sin embargo, se han ido filtrando variaciones, y la ‘Biblia’ cambia de una aldea a otra.

La ‘Biblia’ pápago requeriría de por sí un libro […].»

Ruth Murray Underhill, Singing for Power: The Song Magic of the Papago Indians of Southern Arizona, Berkeley & Los Angeles: University of California Press 1968 [1938], pp. 11-13
Ilustración inspirada en un amuleto sumerio de una rana del 3500 A.C

Contar un relato

Budista 1

Contar un relato no equivale a tejer un tapiz para cubrir el mundo; es más bien una forma de guiar la atención de los oyentes hacia su interior. La persona capaz de «narrar» es la que está perceptualmente preparada para captar en el entorno información que a otros, menos diestros en la tarea de la percepción, podrían pasarles inadvertidas, y el narrador, al hacer explícito este conocimiento, conduce la atención del público por los mismos caminos que él.

Tim Ingold, “The Temporality of the Landscape”, World Archaeology, vol. 25, 1993, p. 153
Ilustración basada en una imagen de inspiración budista