El narrador nunca recitará la secuencia completa del relato

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La epopeya de los nyanga no es un texto que se recite sólo en determinados momentos o en ocasiones ceremoniales altamente esotéricas. No hay en ella nada secreto; está destinada a que todo el mundo la escuche y la disfrute. Normalmente un jefe o cabecilla, o simplemente – para proporcionar entretenimiento a su gente y a sus huéspedes –, la persona de más edad de un grupo de personas emparentadas, invita al bardo para que recite al anochecer varios episodios de la epopeya, alrededor de la choza de los hombres, en medio del poblado. Una muchedumbre de personas de ambos sexos, jóvenes y de más edad, acuden para escuchar, o más bien para ser oyentes participativos. […] Lo interesante es que el narrador jamás recitará el relato de principio a fin en una secuencia completa y consecutiva, sino que recita de forma intermitente diversos pasajes escogidos del mismo. El señor Ruerke, cuya epopeya se ofrece aquí, ha aseverado una y otra vez que nunca antes había recitado el relato completo en un periodo de días sucesivos.

Daniel Biebuyck y Kahomb C. Mattene, The Mwindo Epic from the Banyanga (Congo Republic), Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1969, pág. 13-14

Ilustración inspirada en instrumento chamánico de Indonesia

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Dos formas de hacerse narrador en Irán

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[En Irán], los pasos para convertirse en narrador varían de una persona a otra. […] Lo más común es que el narrador aprenda su arte de un maestro de la narración. Como alumno (shagerd), toma clases de un maestro (ostad) al que paga por las clases y por proporcionarle los materiales. El propio maestro es un narrador en ejercicio. El alumno trabaja en solitario con su maestro. La formación hace hincapié en aprenderse el material de corrido. Al alumno se le enseña la obra literaria Shanama [“El libro de los reyes” de Firdusi, 940-1020 d. C.], estrofa a estrofa. […] Además del trabajo literario, el alumno debe copiar y aprenderse el tumar, que recibe de su maestro. Este tumar es un esquema en prosa de los episodios que componen los relatos que contará. El alumno también aprende filosofía y religión, además de poesía de otros autores distintos de Firdusi. El periodo de formación varía de persona en persona. […]

Un narrador puede entrar en la profesión por su cuenta, sin haber pasado por una formación más rigurosa. Quizá, simplemente, atraído por el arte de narrar historias, vaya a escuchar a varios narradores, aprenda a narrar a fuerza de escucharlos, se busque la parte literaria y la memorice, y empiece luego a ejercer su nuevo oficio.

Professional storytelling in Iran: Transmission and practice”, Iranian Studies, vol. 12, 1979, pp. 198-199
Ilustración inspirada en pinturas rupestres de Lesotho

Formula de cierre española

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Y para celebrarla, comieron perdices y a mí me dieron con el plato en las narices. Y yo, al ver eso, me unté los zapatos con grasa y me vine corriendo para casa.

Juan José Orga Díaz, maestro calzador de Frama, Potes, Santander; Aurelio M. Espinosa hijo, Cuentos populares de Castilla y León, vol. 2, Madrid: CSIC, 1988, pág. 199.
Ilustración inspirada en una crátera griega clásica. 

Recuperando el relato

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He encontrado la clave del sistema que (en los viejos tiempos) regía el matrimonio entre parientes lejanos, una cuestión que el año pasado me tenía desconcertado. Cuando la novia se casa, cierta parte del relato ancestral (smaiusta) de su padre se transmite al marido; por ejemplo, el derecho a tallar o pintar un cuervo en una caja para guardar comida. A menos que se vuelva a adquirir, el relato permanece en la familia del marido, pero a medida que el smaiusta se va transmitiendo, permanece el recuerdo de que parte de él está en otra familia y un hijo, nieto u otro descendiente del padre de la esposa intentará recuperarlo desposando a una mujer de la otra familia. Como lo expresan los bella coola, un hombre siempre ‘caza’ cuando contrae matrimonio, con el objeto de recuperar fragmentos de sus smaiustas.

 
De una carta del antropólogo canadiense  T. F. McIlwraith a Edward Sapir, 26 diciembre 1923 en At Home with the Bella Coola Indians: T. F. McIlwraith’s Field Letters, edited by John Barker and Douglas Cole, Vancouver: UBC Press, 2003 pp. 113-114
Ilustración inspirada en una pintura rupestre bossquimana del Cederberg, Sudáfrica

Quien no sabía contar cuentos tenía que irse solo…

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Mi cuñado y el señor Escalante eran los que más cuentos conversaban y mi papá; pero mi papá era medio receloso para avisar cuentos. En la noche cuando ya todos habían comido y habían lavado su ropa y estaban echados en la tarima empezaban a conversar y cada uno decía sus cuentos pero no siempre dejaban que uno esté allí escuchando porque quien no sabía contar cuentos tenía que irse solo, porque no lo aceptaban. A mí, como muchacho, se reían, «quédate nomás,» decían; y así aprendí muchos cuentos de los huantinos y de los chunchos también, de condenados, de las vizcachas, del sol, de los pericotes, etcétera. Estos cuentos no eran todos inventados sino cosas que les habían pasado a ellos o también a gente conocida; pero entonces avisaba: «Don Fulano, que en paz descanse decía». De todo lo que allí en las noches se hablaba no se podía ir con chisme afuera. Cada uno antes de comenzar decía: «Esto no es para contar, no hay que repetir», si eran cosas comprometidas. Entonces también se cambiaba el nombre de las gentes o del sitio y así nadie se molestaba.

Los cuentos de chunchos eran muy lindos y raros, porque para ellos todo está hablando en la selva. Y estos chunchos amigos de mi cuñado eran gente vergonzosa como la perdiz, que cuando uno la mira mucho se marea y se avergüenza y por eso le dicen purum beata que significa una beata perdida porque no hace más que esconderse y hasta el chuquito (chullo) que tiene es bien bonito.

Jesús Urbano Rojas y Pablo Macera, Santero y Caminante: Santoruraj-Ñampurej,  Lima: Editorial Apoyo, 1992, pág.148; Jesús Urbano Rojas es retablista de la región de Ayacucho, en Perú; su lengua materna es el quechua).
Ilustración basada en un dibujo realizado sobre una calabaza encontrada en Dahomey, actual Benín.