Los clásicos rusos y extranjeros eran los que mejor funcionaban

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Un número llamativo de prisioneros políticos que escribieron memorias –y esto podría explicar por qué escribieron memorias– atribuyen su supervivencia a su habilidad para “narrar historias”: para entretener a presos comunes relatando los argumentos de novelas o películas. En el mundo de los campos y las prisiones, donde los libros escaseaban y las películas eran raras, un buen narrador era muy valorado.

Lev Finkelstein dice que estará “siempre agradecido al ladrón que, en mi primer día de cárcel, reconoció este potencial en mí y dijo: ‘Tú probablemente has leído muchos libros. Cuéntaselos a la gente y terminarás viviendo muy bien’. Y lo cierto es que vivía mejor que los demás. Gozaba de cierta notoriedad, cierta fama […] Me topaba con gente que decía: “Tú eres Levchik-Romanist [Levchik-el-narrador], me hablaron de ti en Taishet”.

Gracias a esta habilidad, Finkelstein era invitado dos veces al día a la choza del brigada en jefe, donde recibía un tazón de agua caliente. En la cantera en la que entonces trabajaba “esto significaba la vida”. Finkelstein descubrió, según dijo, que los clásicos rusos y extranjeros eran los que mejor funcionaban; tenía un éxito mucho menor recontando los argumentos de novelas soviéticas más recientes.

Anne Appelbaum, Gulag: A History of the Soviet Camps, Londres: Allen Lane, 2003, pág. 352
Ilustración inspirada en un dibujo popular de Costa de Marfil

Narradores de alquiler en la vieja Rusia

CILINDRO HOMO NARR.

Ya en fuentes rusas del siglo XII se puede leer que un hombre rico que sufría de insomnio ordenó a sus sirvientes que le hicieran cosquillas en la planta de los pies, tañeran el gusli y le contaran cuentos de encantamiento. Iván el Terrible, que devino uno de los héroes más populares de los cuentos rusos, fue su degustador más ávido, y tres ciegos se turnaban en la cabecera de su cama, narrándole cuentos maravillosos antes de que conciliara el sueño. Hasta el siglo XVIII, diestros narradores de historias siguieron alegrando el asueto de zares y zarinas, príncipes y aristócratas. Incluso a finales de ese siglo encontramos en los periódicos rusos anuncios de ciegos que se ofrecen para trabajar en las casas de la aristocracia como narradores de historias. De niño, Lev Tolstoy se dormía con las narraciones de un anciano que el abuelo del conde había comprado, cierta vez, por los cuentos de encantamiento que sabía y su forma magistral de narrarlos.

Roman Jakobson, “On Russian Fairy Tales”, en A. Afanasiev, Russian Fairy Tales, traducción de Norbert Guterman, Nueva York: Pantheon, 1945, pág. 635

Ilustración inspirada en un dibujo mesopotámico

Invención y verdad

Klickita

El cuento es una invención, el cantar, una verdad. (proverbio ruso)

Russian proverb, Jakobson «On Russian Fairy Tales», appendix to  A. N. Afanas’ev, Russian Fairy Tales, traducción de Norbert Guterman, Nueva York: Pantheon, 1945, p. 649.
Ilustración inspirada en el arte del pueblo Klickitat de la costa noroeste de América.