Quien, juzgando a partir de la sórdida condición de una choza islandesa se imagine que sus habitantes no son mejores que salvajes, cambiaría pronto de opinión si lo acompañaran, un atardecer de invierno, a la estancia de techo bajo y mal ventilada donde se reúne la familia de un campesino o un minifundista.
En vano buscará entre los reunidos a una persona ociosa. Mujeres y muchachas cosen o tejen; los hombres y los muchachos se ocupan de reparar sus enseres agrícolas o los utensilios domésticos, o bien tallan o cortan con admirable pericia adornos o cajas de rapé en plata, marfil o madera.
A la dudosa luz de un lámpara de sebo, que apenas hace visible la oscuridad, se sienta un miembro de la familia que lee en voz alta una vieja saga o crónica, o quizá el último número del Northurfari, un almanaque literario islandés, que en los últimos años viene publicando el señor Gisle Brinjulfsson.
En ocasiones se repiten de memoria poemas o sagas enteros, y hasta hay narradores itinerantes que, como los trovadores y trovadoras de la Edad Media, deambulan de una granja a otra, y se ganan así un exiguo sustento.
G. Hartwig, Dwellers in the Arctic Regions: A Popular Account of the Men who Live in Polar Regions, Londres: Longsmans, Green & Co., págs. 67-68
Ilustración basada en una pintura rupestre bosquimana del Sur de África
Hace tiempo, y tiempo ha que fue: si hubiera estado allí entonces, no estaría aquí ahora; si estuviera aquí ahora y también entonces, podría tener un cuento nuevo, o un cuento viejo, o ningún cuento en absoluto. En cualquier caso, comoquiera que cuente el cuento esta noche, que ninguno de vosotros lo cuente igual de bien mañana por la noche.
Éamon a Búrc, narrador de Galway, en Angela Bourke, «Economic necessity and escapist fantasy in Éamon a Búrc’s sea stories», en P. Lysaght y otros (eds.), Islanders and Water-Dwellers: Proceedings of the Celtic-Nordic-Baltic Symposiumheld at University College Dublin 16-19 June 1996, pág. 28.
Ilustración inspirada en el arte de la cultura Ashanti de Ghana
En el caso de un poema literario, existe un lapso entre la composición y la lectura o recital; en el caso de un poema oral, dicho lapso no existe, porque la composición y el recital son dos aspectos del mismo instante. Por tanto, la pregunta «¿Cuándo se recitaría tal o cual poema oral?» carece de sentido; la pregunta debería será «¿Cuándo se recitó el poema oral?» Un poema oral no se compone para su recital, sino en el recital mismo. Lo que este planteamiento implica tiene un alcance amplio y profundo.
Albert B. Lord refiriéndose a los rapsodas serbo-croatas, The Singer of Tales, Cambridge, MA y Londres: Harvard University Press, 1960. pág. 13
Ilustración inspirada en el dibujo de una tortuga de la cultura Mimbres
Los cuentos de Coyote se cuentan en cualquier lugar donde se reúnan los hombres durante los meses de invierno, sea en casa, durante la cacería o durante una expedición guerrera. En estos encuentros no es habitual que una persona narre más de un relato. La persona que tiene al lado prosigue con la narración.
Cuando el relato se ha acabado, es costumbre que el narrador diga, ‘We na netsu ut’’ (ahora la tripa circula), aludiendo a la costumbre de que, durante una marcha, una persona pase a quien tiene al lado su tripa de grasa de bisonte, tras haber saciado el hambre masticándola.
Estos relatos no se cuentan durante los meses de verano, o mejor dicho, durante los meses en que las serpientes son visibles; pues se supone que el dios o estrella tutelar de las serpientes está en comunicación directa con la estrella de Coyote, ya que durante estos meses la Estrella-Coyote aparece temprano en el horizonte oriental y, al no gustarle que se hable de ella, instruye a la Estrella-Serpiente para que se chive a las serpientes de quienes están hablando de él y estas les muerdan.
George A. Dorsey, Traditions of the Skidi Pawnee, Boston y Nueva York: Houghton, Mifflin & Co. for the American Folk-Lore Society, 1904, págs. xxii-xxiii
Ilustración inspirada en un ornamento del Imperio Asirio
Al final de un relato en uno de mis cuadernos del condado de Clare escribí: “30 de diciembre, 1929. Este es el peor cuento que haya escuchado nunca, y para cualquiera familiarizado con el relato las omisiones, vacilaciones e incoherencias resultaban exasperantes. El público estaba muy asqueado.
De vez en cuando yo cruzaba miradas con John Carey, un buen narrador, que fumaba sentado junto al fuego, y meneaba con pesar la cabeza. Para él era un sacrilegio machacar un cuento de esa forma. El pobre recitador, que a decir verdad lo estaba haciendo lo mejor que podía, tosía en ocasiones; tenía un resfriado, pero le iba bien tapar sus defectos con una tos sonora de vez en cuando, y el espacio de descanso que de este modo se creaba en la narración le permitía pensar. Muy a menudo, los narradores tosen cuando no saben lo que van a decir.
Por fin, Carey no pudo soportar más la tensión, indignado más allá de lo tolerable, y le gritó al narrador, diciéndole lo que se había saltado y reprendiéndolo. Carey y los demás oyentes habían conocido al padre del recitador, que fue el mejor narrador del distrito; el hijo recordaba los cuentos, pero no podía contarlos bien.
El crítico literario analfabeto puede ser tan despiadado en sus juicios como su sofisticado colega que escribe en una estancia repleta de libros, y podemos estar seguros de que el relato medieval, lo mismo que la narración oral moderna, tenía que pasar por el fuego purgatorio de muchos siglos antes de alcanzar el elevado nivel que le exigían los cínicos críticos del mundo de habla gaélica.
Seamus O Duilearga [James Delargy] “Irish Tales and Story-tellers”, en H. Khun and K.Schier (eds.), Märchen, Mythos und Dichtung: Festschrift zum 90. Geburtstag Friedrich von der Leyens am 19. August 1963, Múnich: Editorial C. H. Beck, 1963, pp. 66-67)
Ilustración inspirada en un dibujo del tambor de un chamán
[Que mi trabajo no es pequeño] es cosa patente pues, habiendo falta de escrituras, tengo de andar mendigando de uno en otro, sacando de las entrañas de los vivos lo que vieron los ojos de los muertos, haciendo presentes las cosas pasadas, y las que están ya en las tinieblas del olvido envueltas sacarlas a la luz y memoria.
Fray Alonso de Espinosa, Historia de Nuestra Señora de Candelaria, edición de Alejandro Cioranescu, Santa Cruz de Tenerife: Goya Ediciones, 1980, p. 16; la primera edición es de 1594
Aunque los japoneses son una nación de lectores, también les encanta escuchar los relatos del narrador profesional, que a su manera es todo un artista. Al tipo más humilde de narrador se lo puede ver sentado en una esquina, con un grupo de culis boquiabiertos a su alrededor. Los de la categoría más elevada se agrupan en gremios que tienen en propiedad casas especiales de entretenimiento llamadas yose, y a los que también se puede contratar por horas para amenizar fiestas privadas. Algunas formas de narración están más bien en la línea de una lectura popular. El hombre se sienta con un libro abierto ante sí y lo expone; quizá la historia de los Cuarenta y Siete Rōnin, o la novela china de los Tres Reinos (Songoku Shi), o un relato de la rebelión de Satsuma, o las antiguas guerras medievales de las familias Taira y Minamoto; y cuando llega a un punto especialmente bueno, el narrador lo subraya con un golpe de abanico, o con una tablilla de madera que tiene para ese fin. A este tipo de lectura se le llama gundan, si el tema es la guerra; de otro modo es kōshaku, que significa literalmente «disquisición». El hanashi-ka o narrador propiamente dicho trata relatos de amor, anécdotas e incidentes imaginarios. Gidaiyu es una especie de balada cantada por las mujeres con acompañamiento del shamisen o banjo.
El entretenimiento que se ofrece en una yose es, por lo general, mixto. Habrá historias bélicas, relatos amorosos, recitales acompañados por el banjo; el mismo programa está casi todo él en vigor durante una quincena, y el cambio se hace los días 1 y 16 del mes. Puesto que el número de estas casas que hay en cada ciudad de envergadura es considerable, los oyentes pueden encontrar algo nuevo que escuchar cada noche, y los narradores de más elevada categoría alcanzan lo que para Japón son unos ingresos considerables, pues van de una casa de entretenimiento a otra, deteniéndose sólo una hora más o menos en cada una, el tiempo justo para contar un relato y ganarse de este modo un dólar o dos.
Muchos estudiantes extranjeros de la lengua japonesa han encontrado en las yose su mejor escuela; pero hasta la fecha solamente a dos se les ha ocurrido ir allí no como oyentes, sino como recitadores. Uno es un inglés llamado Black, cuyo dominio del japonés es tan perfecto, y cuyos argumentos, tomados del acervo de la ficción europea, resultan ser novedades tan gratas, que los narradores de Tokio lo han admitido en su gremio. Del otro –también inglés, llamado John Pale– se dice que canta las canciones japonesas tan bien como un nativo.
Con la introducción de formas europeas de entretenimiento, como el baile y el cinematógrafo, las yose han perdido cierto terreno en el favor popular. Sin embargo, por un curioso giro del destino, han pasado a disfrutar del patrocinio especial del gobierno, que ahora las utiliza con fines de propaganda; Black, el inteligente inglés mencionado más arriba, falleció en 1923.
Basil Hall Chamberlain, Things Japanese being Notes on Various Subjects connected with Japan, Londres: Kegan Paul, Trench, Trubner & Co., 1939, pág. 467
Ilustración inspirada en grabados rupestres de una cueva de la isla de Götland
Supe de Coyote y de las cosas que puede hacer porque mi padre nos contaba historias sobre cómo empezó el mundo y cómo Coyote ayudó a nuestro Creador, Hermano Mayor, a poner las cosas en orden. Sólo algunos hombres conocen estas historias, pero mi padre era uno de ellos. En las noches de invierno, cuando nos terminábamos las gachas o el estofado de conejo y estábamos tumbados en nuestras esteras, mis hermanos le decían:
–Padre, cuéntenos algo.
Mi padre se tumbaba en silencio sobre su estera, con mi madre a su lado y el bebé entre ellos. Al cabo, empezaba lentamente a contarnos sobre cómo empezó el mundo. Este es un relato que sólo se puede contar en invierno, cuando las serpientes no rondan por ahí, porque si lo escucharan las serpientes entrarían arrastrándose y te morderían. Pero en invierno, cuando las serpientes duermen, contamos estas cosas. Nuestro relato sobre el mundo está repleto de canciones, y cuando los vecinos escuchaban cantar a mi padre abrían la puerta de nuestra casa y franqueaban el alto umbral. Familia tras familia venían, y hacían un gran fuego y mantenían la puerta cerrada ante la fría noche. Cuando mi padre terminaba una frase, todos decíamos a continuación la última palabra. Si alguien se dormía, él paraba. Ya no seguía hablando. Pero no nos dormíamos.
R. M. Underhill, Papago Woman, Long Grove, Ill.: Waveland Press, pág. 50
Ilustración inspirada en el arte del pueblo Klickitat de la costa noroeste de América
Entraron a guisa de poetas y les dieron la bienvenida. Gwydion fue ubicado esa noche a un lado de Pryderi.
–Bueno –dijo Pryderi–, nos gustaría escuchar una historia de parte de alguno de esos jóvenes de allá.
–Tenemos una costumbre, señor –replicó Gwydion–: la primera noche en la que se llega a un hombre importante, el poeta principal es el que recita. Te contaré historias con mucho gusto.
Gwydion era el mejor narrador del mundo. Esa noche entretuvo a la corte con anécdotas e historias divertidas, por lo que fue admirado por todos y Pryderi estaba encantado conversando con él.
From “Math son of Mathonwy”, the fourth branch of the Maginogi, in The Mabinogion, translated by Gwyn Jones and Thomas Jones, London: J. M. Dent & Sons, revised edition, 1989, pp. 56-57
Ilustración inspirada en una pintura rupestre del Cabo Oriental, Sudáfrica
[En el Kalevala] todos los objetos y criaturas son parte de un continuum vital en constante comunicación mutua. Es un mundo que nunca está en silencio. Casi se diría que el ruido lo mantiene con vida. Los objetos inanimados vibran con una especie de temblor panteísta. Los muros, suelos y vigas de la casa se agitan, crujen y cantan de expectación por la novia que vendrá. Nada permanece inmóvil; hasta los muertos no están muertos, simplemente en otro lugar. Por supuesto, todo este sonido y movimiento los plasmaba originalmente una voz que salmodiaba sin interrupción; las descripciones sonoras deben de haber proporcionado oportunidades perfectas para estimular a los oyentes a concentrarse en el hilo conductor del relato. El recitado no era sólo el medio de expresión de los poemas del Kalevala: era su tema primordial. Las palabras y la música que la acompañaban encarnan una magia suprema.
Geoffrey O’Brien, “Magic Sayings by the Thousands”, New York Review of Books, 4 de noviembre de 2021, pág. 36
Ilustración inspirada en el logotipo de la Kalevala Society