Estableciendo el lugar

haya

 

El “dónde” está entre los primeros elementos de todo intercambio humano. La mayor parte de los relatos, órdenes, mitos y chistes carecen de sentido si no se establece el lugar.

Philip Marsden, Rising Ground, Londres: Granta, 2014, pág. 65
Ilustración inspirada en un haya

 

 

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Liu Jingting era un narrador magistral

SERPIENTE

 

El cacarañado Liu de Nanjing era de tez oscura y su rostro estaba repleto de cicatrices y granos. No cuidaba su aspecto, que le era indiferente, como si estuviera hecho de arcilla o madera. Era un narrador de historias magistral. Contaba una vez al día. El precio era un tael de plata. Incluso si venías diez días antes para obtener una cita y pagar la entrada, no podías asegurarte de que estaría libre.

[…] Una vez le oí actuar en el estilo sencillo de narración (sin acompañamiento musical) el relato “Wu Song lucha con el tigre en la montaña de Jingyang”. Era muy distinto de la versión transmitida en los libros. Sus descripciones e ilustraciones eran de lo más detalladas, pero también sabía dónde cortar el hilo y hacer una pausa, y nunca se ponía parlanchín. Su voz resonaba como una gran campana. Cuando llegaba a un momento emocionante, vociferaba y bramaba de tal forma que parecía que la casa iba a venirse abajo.

En el momento en que Wu Song llega a la posada y pide vino, no hay nadie en el local. Ante el repentino clamor de Wu Song, las jarras y vasijas vacías emiten un sonido tintineante. De este modo añadía colorido a cada intervalo, y ponía todo su empeño en cuidar los detalles.

Sólo cuando sus huéspedes estaban sentados y totalmente atentos, con las orejas listas para escuchar, empezaba él a contar. Pero si se percataba de que alguien entre los criados susurraba al vecino, o si sus oyentes bostezaban o mostraban otra señal de sopor, se detenía de inmediato y nadie podía forzarlo a empezar de nuevo. Cada noche, limpias ya la mesas y apagadas las lámparas, cuando los sencillos cuencos de té se habían repartido con toda calma, poco a poco, empezaba él a contar…

Zhang Dai, 1597-c. 1684, presenció en 1638 una actuación de Liu Jingting y escribió sobre ella en su obra Tao’anmengyi, “Recuerdos de los sueños pasados de Tao’an”. El pasaje lo citan Vibeke Bordhal y Jette Ross en su libro Chinese Storytellers: Life and Art in Yangzhou Tradition, Boston: Cheng &Tsui Company, 2002, pág. 62
Ilustración inspirada en un motivo asirio

No un simple mensaje

CIRCULO ZEN

16 de enero, 1969

Se trata de un recital zulú, y después del recital expreso mi opinión sobre el simbolismo de uno de los relatos que he escuchado. El recitador zulú me interrumpe, y me explica que el sentido del relato consiste en la totalidad del recital, no en un simple mensaje. El recital es lo que cuenta. El recitador zulú me explica, “Si tuviera que decirte lo que la historia significa, tendría que volver a contártela”.

Harold Scheub, The poem in the Story: Music, Poetry and Narrative, Madison: The University of Wisconsin Press, 2002, pág. 119
Ilustración: Énso

ningákaniak. trenzar el relato

 

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Ningákaniak = Este es el borde o canto del relato, utilizado siempre al final de una narración; esta imagen parece tomada del trenzado de sombreros [o cestas].

Klamath o modoc, Oregón, Norteamérica; de los manuscritos inéditos del trabajo de campo de Jeremiah Curtin (1835-1906), Smithsonian Institution, Archivos Antropológicos Nacionales, NAA 2348

Antes se toma un trago que se cuenta un cuento

FIGURA HN_SERPIENTE

 

Y lo miró; y cuando vio lo bello que era, dijo:

¿Serías tan amable de venir conmigo a casa de mi padre para tomar algo?

Así que el mozo fue y se sentó con ella, y antes de preguntarle nada, ella le sirvió vino y le dijo:

Antes se toma un trago que se cuenta un cuento.

Cuando hubo bebido, el mozo se puso a hablar, y le contó todo lo sucedido, y cómo la había visto en sueños, y cuándo, y ella se alegró mucho.

Yo también te vi en sueños la misma noche –dijo.

J. M. de Prada-Samper (ed.), Cuentos populares de las Tierras Altas escocesas recogidos por John Francis Campbell, Madrid: Siruela: 2009, p. 182 
Ilustración inspirada en un elemento decorativo de la época baja, Egipto Antiguo

La narración de historias siempre podrá defenderse sola

RHINO HOM. NARRR

No estoy defendiendo el arte que practico. La novela, la narración de historias en general, siempre podrá defenderse sola. […]

La narración de historias puede defenderse sola. ¿Es esto cierto? ¿Han sido los censores tan ineficaces siglo tras siglo? Sí, lo han sido. Son ineficaces porque, al establecer las normas que los relatos no podían transgredir, y al hacer cumplir estas normas, no se dan cuenta de que el carácter ofensivo de los relatos no está en que transgredan normas concretas, sino en su capacidad para crear y alterar sus propias normas. […] Porque (y parodio un tanto esta postura) un relato no es un mensaje con un envoltorio, un envoltorio retórico o estético. No es un mensaje al que se añade un residuo, el residuo, el arte con el que el mensaje está recubierto por el residuo, formando la temática de la retórica o la estética, o la apreciación literaria. En las historias no hay añadidos. No están compuestas por una cosa a la que se añade otra, mensaje más vehículo, subestructura más superestructura. En el teclado con el que se escriben, la tecla + no funciona. Siempre hay una diferencia; y la diferencia no es una parte, la parte que queda atrás después de la substracción. La tecla – tampoco funciona: la diferencia lo es todo.

La narración de historias (dejen que me repita aún a riesgo de aburrirles) no es una forma de hacer que los mensajes sean, como suele decirse, ‘efectivos’. La narración de historias es otra [another] forma de pensar, una forma otra de pensar [an other mode of thinking]. Es más venerable que la Historia, tan antigua como la cucaracha. Como las cucarachas, las narraciones pueden consumirse. No hay más que arrancarles las alas y echarles un poco de sal. Son nutritivas, hasta cierto punto, aunque si lo que de verdad quieres es nutrición probablemente la buscarás por otro lado. Las cucarachas también pueden colonizarse. Puedes atraparlas en una trampa para cucarachas, criarlas (con gran facilidad), concentrarlas en granjas de cucarachas. Puedes atravesarlas con alfileres y ponerlas en vitrinas, etiquetadas. Puedes usar sus alas para cubrir las pantallas de las lámparas. Puedes realizar diminutas disecciones de su sistema respiratorio, puedes teñirlas, fotografiarlas, enmarcarlas y colgarlas de la pared. Puedes, si quieres, secarlas y, hacerlas polvo y mezclarlas con explosivos de alta potencia y transformarlas en bombas. Puedes incluso hacer relatos sobre ellas, como hizo Kafka, aunque esto es muy difícil. Una de las cosas que, según parece, no puedes hacer, es erradicarlas. Se reproducen, como dice el tropo, como moscas, y en las circunstancias más crudas. Se desconoce el motivo por el que están en la Tierra, la cual, probablemente, sería un lugar más agradable –sin duda más fácil de entender– sin ellas. Se dice que seguirán aquí cuando nosotros, y todos nuestros artefactos, hayamos desaparecido.

A esto se le llama parábola –una forma cultivada por grupos marginales, grupos que no tienen lugar en las corrientes dominantes, en la trama principal de la Historia–, porque es difícil determinar qué es lo que quiere decir.

Al final, sigue habiendo una diferencia entre una cucaracha y un relato, y la diferencia sigue siéndolo todo.

J. M. Coetzee, “The Novel Today”, Upstream , vol. 6, 1988, págs. 3-4
Ilustración inspirada en el dibujo de un rinoceronte en la Cueva de Chauvet, Francia

 

Cada persona tiene su forma de pensar

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Sí, por supuesto, algunas personas cuentan cuentos de una forma, algunas los cuentan de otra. Quizá se deba a que la gente a veces se separa durante un tiempo y sigue contando historias. Pero en todos estos relatos sobre los viejos tiempos; la gente utiliza palabras y nombres distintos para las mismas cosas. Hay muchas formas diferentes de hablar. Lo que pasa es que cada persona tiene su forma de pensar.

!Unn /obe, narradora de los Ju/’hoansi del Kalahari; Megan Biesele, Women Like Meat: The Folklore and Foraging Ideology of the Kalahari Ju/’hoan, Johannesburg: Witswatersrand University Press, 1993, pág. 66
Ilustración inspirada en el dibujo de una tortuga de la cultura Mimbres

La faltriquera de los cuentos

NETSUKE HOM. NARRR

Y entonces, en las frías noches de invierno, abuelita se metía en su pequeño compartimento, su tienda, y se contaban historias. Yo entonces era muy pequeño, pero recuerdo bien a mi abuela. Alrededor del fueguecito se contaban historias maravillosas. Recuerdo a mi papá sentado alrededor del fuego, en medio del suelo, apenas una pequeña hoguera de ramas en el centro de la tienda, un agujero en el techo, y el humo que salía directamente por el agujero. Una lamparita de parafina, hecha por mi padre, estaba apagada.

Abuelita contaba una historia, padre contaba una historia. Quizá algunos nómadas [Travellers] que pasaban por allí se paraban y plantaban su tienda en «El Rincón de los Caldereros», un lugar al otro lado del arroyo, frente al bosque en el que acampábamos. […] También ellos contaban historias y tenían allí un pequeño encuentro. Nuestra tienda era un lugar en el que paraban los nómadas que venían hasta Argyll, y siempre había tiempo para un relato.

Bueno, pues abuelita pasaba con nosotros todo el invierno, en esa gran tienda, con su pequeño compartimento. […]

Abuelita era una anciana, y en aquellos días de antaño ninguna anciana de los nómadas llevaba bolso. Lo que si llevaban alrededor de la cintura era una gran faltriquera. Me acuerdo de la de abuelita; la había hecho ella misma, una faltriquera de tartán. Era como un bolso grande, con una correa, y se lo ataba a la cintura. Tenía tres botones de nácar en el centro; en aquellos tiempos no había cremalleras. Abuelita llevaba todos sus bienes materiales en esta faltriquera.

Bien, abuelita fumaba un pequeña pipa de barro. Y cuando necesitaba tabaco, decía:

Pequeños, quiero que vayáis al pueblo a por tabaco para mi pipa.

Y nos daba a mi hermana y a mí tres peniques, uno para cada uno, y el otro para tabaco. El viejo tendero solía tener un rollo de tabaco, y cortaba un poquito para abuelita a cambio del penique. Nosotros volvíamos, y la recompensa era:

¡Abuelita, cuéntanos un cuento!

Ella se sentaba allí, frente a su pequeña tienda, y tenía un cacito y un pequeña hoguera.

Recogíamos ramas para ella, y ella se hacía un té negro y fuerte. Levantaba el cacito, lo ponía al lado del fuego y decía:

Bueno, pequeños, ¡voy a ver que puedo encontrar esta vez para vosotros en mi faltriquera!

Abría su gran faltriquera, con sus tres botones de nácar, que tenía al lado. Los recuerdo bien, y decía:

Bueno, pues os contaré este cuento.

Quizá fuera el que había contado tres noches antes. Quizá era uno que no había contado en semanas. A veces nos contaba un cuento tres, cuatro veces; a veces nos contaba uno que nunca antes habíamos oído.

Así que, un día, mi hermana y yo volvimos del pueblo. Estábamos jugando, y nos acercamos a la tienda de abuelita. El sol brillaba, cálido. El cacito de té de la abuela estaba junto al fuego: estaba frío, el fuego se había consumido. El sol calentaba. Abuelita estaba tumbada, con las manos bajo la cabeza, como una anciana, y su camita estaba frente a la tienda. A su lado estaba la faltriquera. Era la primera vez que la veíamos separada de la cintura de abuelita. Probablemente se la quitaba por la noche, al irse a acostar. Pero por el día, ¡nunca!

De modo que mi hermana y yo nos deslizamos en silencio, y dijimos:

¡Abuelita está dormida! Ahí está su faltriquera. ¡Vamos a ver cuántos cuentos hay en la faltriquera de abuelita!

Así que, con mucho cuidado, la cogimos y la llevamos detrás del árbol junto al que vivíamos en el bosque, y desabrochamos los tres botones de nácar. ¡Y lo que había en esa faltriquera era como la cueva de Aladino! Había pipas de barro, monedas de tres peniques, anillos, monedas de medio penique, perras gordas, broches, agujas, alfileres, todo lo que una anciana lleva consigo, dedales… ¡pero ni una solo cuento pudimos encontrar! Así que no tocamos nada. Lo volvimos a poner todo dentro, cerramos la faltriquera y la pusimos donde la habíamos encontrado, la dejamos junto a abuelita.

Dijimos:

Nos iremos otra vez a jugar, y volveremos con abuelita cuando despierte.

Así que nos fuimos de nuevo a jugar, volvimos más o menos una hora después, y abuelita estaba levantada. Y nos sentamos a su lado. Después de tomarse su té negro y fuerte, ella comenzó a encender su pipa. nosotros le preguntamos:

Abuelita, ¿nos vas a contar un cuento?

Sí, pequeños –respondió–. Os contaré un cuento.

Le encantaba contarnos cuentos porque nos hacía compañía, también era buena compañía para ella sentarse allí con nosotros, los niños. Dijo:

Ahora esperad un momento, esperad a ver qué tengo para vosotros esta noche.

Y abrió aquella faltriquera. Nos miró un rato a mí y a mi hermanita, nos miró largo rato con sus ojos azules. Dijo:

¿Sabéis una cosa, niños?

Respondimos:

No, abuelita.

Ella dijo:

Resulta que, cuando estaba durmiendo, alguien ha abierto mi faltriquera, ¡y todos los cuentos se han ido! Esta noche, niños, no os puedo contar ningún cuento.

Y esa noche no nos contó ningún cuento. Y nunca volvió a contarnos un cuento. Y yo tenía diecisiete años cuando murió mi abuelita, pero sólo once cuando esto sucedió. Abuelita no volvió a contarme ninguna historia, ¡y esta es una historia que sucedió de veras!

Duncan Williamson, The Horsieman: Memories of a Traveller 1928-1958, Edimburgo, Canongate Press, 1994, páginas 6-8

Ilustración inspirada en un netsuke japonés

Fuerzas ajenas a él

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¿Cómo se hace alguien cantor, preguntas? No forzando la voz en las cumbres peladas de los cerros, ni siquiera haciéndoles regalos a muchos maestros.

Entonces, Parchen-tulchi, un cantor nace cantor?

No, tampoco un tulchi (rapsoda) nace. ¿Cómo puede un hombre inventar imágenes de un mundo de héroes, cómo puede ver las cien cumbres nevadas del Altai y los diez lagos azules y los setenta ríos veloces y los camellos rojos y amarillos y las manadas de caballos negros, ruanos y moteados, si estas cosas no le son comunicadas por fuerzas ajenas a él?

¿Qué fuerzas son esas?

Cuando era un niño de doce años llevaba a pastar a la estepa los rebaños de mi padre. Un día vi a un gigante a lomos de un dragón, si era sueño o realidad no puedo decírtelo. El gigante me preguntó si quería convertirme en un cantor de epopeyas. Le dije al gigante que en verdad aquél era mi mayor deseo pero que temía que jamás pudiera verlo cumplido. Porque mi padre me iba a mandar al monasterio a ponerme el hábito del lama y aprender los libros sagrados. El gigante señaló una cabra blanca, la más grande y mejor del rebaño de cabras de mi padre. “Dame esa cabra para sacrificarla al rey de los dragones”, dijo, “y tales serán los cantos heroicos que entonarás que tu nombre será siempre amado allá donde los hombres se reúnan en torno a las hogueras, o se junten en los grandes festejos de los príncipes”.

Accedí gustoso; el gigante me golpeó en el hombro, montó su dragón y se marchó. Cuando volví en mí no había nadie, ni gigante, ni dragón, pero cerca de allí un lobo se estaba comiendo la cabra blanca, la mismísima que el gigante había exigido para el sacrificio. Desde ese día supe que tenía el don del canto, otorgado por el señor de los dragones en persona.

¿Y entonces todo fue fácil… canto, fama, y conocimiento?

Parchen sonrió.

Nada fue fácil. Pues mi padre me zurró la badana porque el lobo había devorado su cabra. Me mandó al monasterio, y allí los monjes me zurraban porque no podía aprender la sagrada doctrina.

Sin embargo, ¿llegaste a ser cantor?

Tenía el don. Me dejaron aprender los cantos y cantar. Cuando los supe sentí el llamado de la estepa y dejé los sagrados muros para deambular entre las tiendas de los príncipes y cantar las gestas de mi gente.

Poseía muchos cantares, y los espíritus me hablaban con facilidad, de modo que me hice famoso entre los hombres. Muchos fueron los regalos que recibí, sedas, ropajes, sillas de montar, alfombras, caballos y ovejas, pero yo me lo gasté todo y de nuevo volví al monasterio. En aquellos días era alegre y despreocupado, dado a la embriaguez y a las mujeres, pródigo con todas las cosas, y amaba la vida de los hombres. En una ocasión incluso amé a una rusa, y ella me amó a mí.

Mongolia; Ralph Fox, “Conversation with a Lama”, New Writing, otoño de 1936, págs. 180-181
Ilustración inspirada en un hombre pájaro Rapa Nui, Isla de Pascua

El disipador de cuitas

Kakadu

En malayo, pengiluar lara, ‘disipador de cuitas’, es el nombre de alabanza del narrador que posee el arte de cautivar a sus oyentes. A lo largo de los siglos el narrador malayo desarrolló y refinó su arte hasta convertirlo en la expresión misma del raudo movimiento del caballo del príncipe; los ondulantes bucles de la serpiente; la ninfa celeste surcando el cielo, luminoso y áureo. Inimitables son las imágenes que salpican los cuentos malayos.

Jan Knappert, Mythology and Folklore in South-East Asia, Oxford University Press, 1999 pág. 195
Dibujo inspirado en una pintura rupestre de Kakadu, Australia