Narradores

Aunque los japoneses son una nación de lectores, también les encanta escuchar los relatos del narrador profesional, que a su manera es todo un artista. Al tipo más humilde de narrador se lo puede ver sentado en una esquina, con un grupo de culis boquiabiertos a su alrededor. Los de la categoría más elevada se agrupan en gremios que tienen en propiedad casas especiales de entretenimiento llamadas yose, y a los que también se puede contratar por horas para amenizar fiestas privadas. Algunas formas de narración están más bien en la línea de una lectura popular. El hombre se sienta con un libro abierto ante sí y lo expone; quizá la historia de los Cuarenta y Siete Rōnin, o la novela china de los Tres Reinos (Songoku Shi), o un relato de la rebelión de Satsuma, o las antiguas guerras medievales de las familias Taira y Minamoto; y cuando llega a un punto especialmente bueno, el narrador lo subraya con un golpe de abanico, o con una tablilla de madera que tiene para ese fin. A este tipo de lectura se le llama gundan, si el tema es la guerra; de otro modo es kōshaku, que significa literalmente «disquisición». El hanashi-ka o narrador propiamente dicho trata relatos de amor, anécdotas e incidentes imaginarios. Gidaiyu es una especie de balada cantada por las mujeres con acompañamiento del shamisen o banjo.

El entretenimiento que se ofrece en una yose es, por lo general, mixto. Habrá historias bélicas, relatos amorosos, recitales acompañados por el banjo; el mismo programa está casi todo él en vigor durante una quincena, y el cambio se hace los días 1 y 16 del mes. Puesto que el número de estas casas que hay en cada ciudad de envergadura es considerable, los oyentes pueden encontrar algo nuevo que escuchar cada noche, y los narradores de más elevada categoría alcanzan lo que para Japón son unos ingresos considerables, pues van de una casa de entretenimiento a otra, deteniéndose sólo una hora más o menos en cada una, el tiempo justo para contar un relato y ganarse de este modo un dólar o dos.

Muchos estudiantes extranjeros de la lengua japonesa han encontrado en las yose su mejor escuela; pero hasta la fecha solamente a dos se les ha ocurrido ir allí no como oyentes, sino como recitadores. Uno es un inglés llamado Black, cuyo dominio del japonés es tan perfecto, y cuyos argumentos, tomados del acervo de la ficción europea, resultan ser novedades tan gratas, que los narradores de Tokio lo han admitido en su gremio. Del otro –también inglés, llamado John Pale– se dice que canta las canciones japonesas tan bien como un nativo.

Con la introducción de formas europeas de entretenimiento, como el baile y el cinematógrafo, las yose han perdido cierto terreno en el favor popular. Sin embargo, por un curioso giro del destino, han pasado a disfrutar del patrocinio especial del gobierno, que ahora las utiliza con fines de propaganda; Black, el inteligente inglés mencionado más arriba, falleció en 1923.

Basil Hall Chamberlain, Things Japanese being Notes on Various Subjects connected with Japan, Londres: Kegan Paul, Trench, Trubner & Co., 1939, pág. 467

Ilustración inspirada en grabados rupestres de una cueva de la isla de Götland

Liu Jingting era un narrador magistral

SERPIENTE

 

El cacarañado Liu de Nanjing era de tez oscura y su rostro estaba repleto de cicatrices y granos. No cuidaba su aspecto, que le era indiferente, como si estuviera hecho de arcilla o madera. Era un narrador de historias magistral. Contaba una vez al día. El precio era un tael de plata. Incluso si venías diez días antes para obtener una cita y pagar la entrada, no podías asegurarte de que estaría libre.

[…] Una vez le oí actuar en el estilo sencillo de narración (sin acompañamiento musical) el relato “Wu Song lucha con el tigre en la montaña de Jingyang”. Era muy distinto de la versión transmitida en los libros. Sus descripciones e ilustraciones eran de lo más detalladas, pero también sabía dónde cortar el hilo y hacer una pausa, y nunca se ponía parlanchín. Su voz resonaba como una gran campana. Cuando llegaba a un momento emocionante, vociferaba y bramaba de tal forma que parecía que la casa iba a venirse abajo.

En el momento en que Wu Song llega a la posada y pide vino, no hay nadie en el local. Ante el repentino clamor de Wu Song, las jarras y vasijas vacías emiten un sonido tintineante. De este modo añadía colorido a cada intervalo, y ponía todo su empeño en cuidar los detalles.

Sólo cuando sus huéspedes estaban sentados y totalmente atentos, con las orejas listas para escuchar, empezaba él a contar. Pero si se percataba de que alguien entre los criados susurraba al vecino, o si sus oyentes bostezaban o mostraban otra señal de sopor, se detenía de inmediato y nadie podía forzarlo a empezar de nuevo. Cada noche, limpias ya la mesas y apagadas las lámparas, cuando los sencillos cuencos de té se habían repartido con toda calma, poco a poco, empezaba él a contar…

Zhang Dai, 1597-c. 1684, presenció en 1638 una actuación de Liu Jingting y escribió sobre ella en su obra Tao’anmengyi, “Recuerdos de los sueños pasados de Tao’an”. El pasaje lo citan Vibeke Bordhal y Jette Ross en su libro Chinese Storytellers: Life and Art in Yangzhou Tradition, Boston: Cheng &Tsui Company, 2002, pág. 62
Ilustración inspirada en un motivo asirio

Los cuentos son la cultura misma

Ashanti Ghana

Lo cierto es que, en una tierra falta de lengua escrita, el pueblo [Ainu] debe hacer un gran uso de la memoria. Todo lo importante deben confiarlo a la memoria. Para una comunidad así las viejas tradiciones son la historia, la literatura, la filosofía, la ciencia, la escritura sagrada, el código de conducta. En otras palabras, los cuentos son el conocimiento, la religión, el derecho, la cultura misma. Para vivir de forma independiente, un ainu debe conocer a grandes rasgos las leyendas y tradiciones de su comunidad, especialmente si está entre quienes ejercen el mando.

Ainu, Kindaichi, Ainu Life and Legends, Tokio: Board of Tourist Industry, Japanese Government Railways, 1941, p. 60.
Ilustración inspirada en el arte de la cultura Ashanti de Ghana.