Las historias son las casas en que vivimos

Kalevala

Las historias son las casas en que vivimos. Son la comida que servimos en nuestra mesa, consumimos e incorporamos a nuestra sangre. Las historias, sin embargo, no existen plenamente salvo en la presencia física de quienes las narran. Después, de una forma misteriosa, conservan esta corporeidad cuando acuden a los ojos y resuenan en los oídos de nuestro espíritu en ese proceso que llamamos memoria. Los narradores son así los arquitectos y albañiles de nuestros universos. Construyen arcos de piedra invisible que abarcan enormes salones. También construyen los cuartos comunes y corrientes que son nuestro abrigo cotidiano. Sea con estilo exaltado o humilde, los narradores nos sirven el alimento espiritual que nos sustenta, tanto las simples verdades como las más deliciosas mentiras.

¿Quiénes son, pues, los narradores? … [Lo cierto es que] todos somos narradores de historias y oyentes de historias. Estamos obligados a ser ambas cosas, si queremos navegar el mundo en que vivimos, cada porción del cual… es en parte creación nuestra. Salvo que se produzca algún trauma terrible, las facultades complementarias de escuchar y narrar historias nos acompañan de un modo irrenunciable desde muy temprana edad. A lo largo de toda nuestra vida, ambas facultades permanecen en el fondo de nuestra esencia de seres inteligentes, dando forma a nuestros pensamientos, apartándonos del error, y guiándonos cada vez más hacia lo que el futuro pueda depararnos.

John Niles, Homo Narrans: The Poetics and Anthropology of Oral Literature, Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1999: 64-65
Ilustración inspirada  en el logotipo de la Kalevala Society

«Era el macho y la hembra…»

Máscaras

Él era el macho y la hembra, el seductor y la seducida. Era glotón, era cornudo, era viajero agotado. Arañaba el suelo hacia los costados con sus pies de reptil, después se quedaba inmóvil y erguía la cabeza. Levantaba su párpado inferior para cubrir el iris, y extraía su lengua de lagarto. Hinchaba el cuello hasta formar bocios de cólera; y, finalmente, cuando le llegaba el momento de morir, se contorsionaba y retorcía, atenuándose más y más sus movimientos como los del Cisne Moribundo.

Entonces se le atascó la mandíbula, y ahí terminó.

El hombre de azul agitó las manos en dirección a la colina y, con la cadencia triunfante de quien ha contado la mejor de las historias posibles, gritó: –¡Ahí … ahí es donde está!

El recital no había durado más de tres minutos.

Bruce Chatwin, The Songlines, Londres: Pan Books, 1988, pàg. 117, a partir de la traducción de J. M. de Prada-Samper
Ilustración basada en un amuleto Haida (Gran Garza Azul y Humano), conservado en el Royal British Columbia Museum

Nada que temer durante el recital

Pez dentado

Antes de iniciar un recital del Manas, Keldibek dijo a sus pastores que acudieran sin temor al campamento porque su ganado regresaría a casa por sí mismo, y nadie, fuera persona o animal salvaje, podría robarles una oveja mientras él estuviera cantando el Manas. Pero cuando empezó a cantar la yurta se puso a temblar, se desató un poderoso huracán en medio de cuya oscuridad y estruendo descendieron volando los compañeros de Manas, de tal modo que se agitó la tierra bajo los cascos de sus caballos.

Kirghiz; quoted in Hatto, “Kirghiz”, en Traditions of Heroic and Epic Poetry. Volume I: The Traditions, edited by A. T. Hatto, London: The Modern Humanities Research Association, p. 305; Manas is the national epic of the Kirghiz people, and tells the exploits of the eponymous hero and his descendants.
Ilustración basada en el dibujo de un pez encontrado en Nueva Irlanda, Papúa Nueva Guinea.