La faltriquera de los cuentos

NETSUKE HOM. NARRR

Y entonces, en las frías noches de invierno, abuelita se metía en su pequeño compartimento, su tienda, y se contaban historias. Yo entonces era muy pequeño, pero recuerdo bien a mi abuela. Alrededor del fueguecito se contaban historias maravillosas. Recuerdo a mi papá sentado alrededor del fuego, en medio del suelo, apenas una pequeña hoguera de ramas en el centro de la tienda, un agujero en el techo, y el humo que salía directamente por el agujero. Una lamparita de parafina, hecha por mi padre, estaba apagada.

Abuelita contaba una historia, padre contaba una historia. Quizá algunos nómadas [Travellers] que pasaban por allí se paraban y plantaban su tienda en «El Rincón de los Caldereros», un lugar al otro lado del arroyo, frente al bosque en el que acampábamos. […] También ellos contaban historias y tenían allí un pequeño encuentro. Nuestra tienda era un lugar en el que paraban los nómadas que venían hasta Argyll, y siempre había tiempo para un relato.

Bueno, pues abuelita pasaba con nosotros todo el invierno, en esa gran tienda, con su pequeño compartimento. […]

Abuelita era una anciana, y en aquellos días de antaño ninguna anciana de los nómadas llevaba bolso. Lo que si llevaban alrededor de la cintura era una gran faltriquera. Me acuerdo de la de abuelita; la había hecho ella misma, una faltriquera de tartán. Era como un bolso grande, con una correa, y se lo ataba a la cintura. Tenía tres botones de nácar en el centro; en aquellos tiempos no había cremalleras. Abuelita llevaba todos sus bienes materiales en esta faltriquera.

Bien, abuelita fumaba un pequeña pipa de barro. Y cuando necesitaba tabaco, decía:

Pequeños, quiero que vayáis al pueblo a por tabaco para mi pipa.

Y nos daba a mi hermana y a mí tres peniques, uno para cada uno, y el otro para tabaco. El viejo tendero solía tener un rollo de tabaco, y cortaba un poquito para abuelita a cambio del penique. Nosotros volvíamos, y la recompensa era:

¡Abuelita, cuéntanos un cuento!

Ella se sentaba allí, frente a su pequeña tienda, y tenía un cacito y un pequeña hoguera.

Recogíamos ramas para ella, y ella se hacía un té negro y fuerte. Levantaba el cacito, lo ponía al lado del fuego y decía:

Bueno, pequeños, ¡voy a ver que puedo encontrar esta vez para vosotros en mi faltriquera!

Abría su gran faltriquera, con sus tres botones de nácar, que tenía al lado. Los recuerdo bien, y decía:

Bueno, pues os contaré este cuento.

Quizá fuera el que había contado tres noches antes. Quizá era uno que no había contado en semanas. A veces nos contaba un cuento tres, cuatro veces; a veces nos contaba uno que nunca antes habíamos oído.

Así que, un día, mi hermana y yo volvimos del pueblo. Estábamos jugando, y nos acercamos a la tienda de abuelita. El sol brillaba, cálido. El cacito de té de la abuela estaba junto al fuego: estaba frío, el fuego se había consumido. El sol calentaba. Abuelita estaba tumbada, con las manos bajo la cabeza, como una anciana, y su camita estaba frente a la tienda. A su lado estaba la faltriquera. Era la primera vez que la veíamos separada de la cintura de abuelita. Probablemente se la quitaba por la noche, al irse a acostar. Pero por el día, ¡nunca!

De modo que mi hermana y yo nos deslizamos en silencio, y dijimos:

¡Abuelita está dormida! Ahí está su faltriquera. ¡Vamos a ver cuántos cuentos hay en la faltriquera de abuelita!

Así que, con mucho cuidado, la cogimos y la llevamos detrás del árbol junto al que vivíamos en el bosque, y desabrochamos los tres botones de nácar. ¡Y lo que había en esa faltriquera era como la cueva de Aladino! Había pipas de barro, monedas de tres peniques, anillos, monedas de medio penique, perras gordas, broches, agujas, alfileres, todo lo que una anciana lleva consigo, dedales… ¡pero ni una solo cuento pudimos encontrar! Así que no tocamos nada. Lo volvimos a poner todo dentro, cerramos la faltriquera y la pusimos donde la habíamos encontrado, la dejamos junto a abuelita.

Dijimos:

Nos iremos otra vez a jugar, y volveremos con abuelita cuando despierte.

Así que nos fuimos de nuevo a jugar, volvimos más o menos una hora después, y abuelita estaba levantada. Y nos sentamos a su lado. Después de tomarse su té negro y fuerte, ella comenzó a encender su pipa. nosotros le preguntamos:

Abuelita, ¿nos vas a contar un cuento?

Sí, pequeños –respondió–. Os contaré un cuento.

Le encantaba contarnos cuentos porque nos hacía compañía, también era buena compañía para ella sentarse allí con nosotros, los niños. Dijo:

Ahora esperad un momento, esperad a ver qué tengo para vosotros esta noche.

Y abrió aquella faltriquera. Nos miró un rato a mí y a mi hermanita, nos miró largo rato con sus ojos azules. Dijo:

¿Sabéis una cosa, niños?

Respondimos:

No, abuelita.

Ella dijo:

Resulta que, cuando estaba durmiendo, alguien ha abierto mi faltriquera, ¡y todos los cuentos se han ido! Esta noche, niños, no os puedo contar ningún cuento.

Y esa noche no nos contó ningún cuento. Y nunca volvió a contarnos un cuento. Y yo tenía diecisiete años cuando murió mi abuelita, pero sólo once cuando esto sucedió. Abuelita no volvió a contarme ninguna historia, ¡y esta es una historia que sucedió de veras!

Duncan Williamson, The Horsieman: Memories of a Traveller 1928-1958, Edimburgo, Canongate Press, 1994, páginas 6-8

Ilustración inspirada en un netsuke japonés

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Fuerzas ajenas a él

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¿Cómo se hace alguien cantor, preguntas? No forzando la voz en las cumbres peladas de los cerros, ni siquiera haciéndoles regalos a muchos maestros.

Entonces, Parchen-tulchi, un cantor nace cantor?

No, tampoco un tulchi (rapsoda) nace. ¿Cómo puede un hombre inventar imágenes de un mundo de héroes, cómo puede ver las cien cumbres nevadas del Altai y los diez lagos azules y los setenta ríos veloces y los camellos rojos y amarillos y las manadas de caballos negros, ruanos y moteados, si estas cosas no le son comunicadas por fuerzas ajenas a él?

¿Qué fuerzas son esas?

Cuando era un niño de doce años llevaba a pastar a la estepa los rebaños de mi padre. Un día vi a un gigante a lomos de un dragón, si era sueño o realidad no puedo decírtelo. El gigante me preguntó si quería convertirme en un cantor de epopeyas. Le dije al gigante que en verdad aquél era mi mayor deseo pero que temía que jamás pudiera verlo cumplido. Porque mi padre me iba a mandar al monasterio a ponerme el hábito del lama y aprender los libros sagrados. El gigante señaló una cabra blanca, la más grande y mejor del rebaño de cabras de mi padre. “Dame esa cabra para sacrificarla al rey de los dragones”, dijo, “y tales serán los cantos heroicos que entonarás que tu nombre será siempre amado allá donde los hombres se reúnan en torno a las hogueras, o se junten en los grandes festejos de los príncipes”.

Accedí gustoso; el gigante me golpeó en el hombro, montó su dragón y se marchó. Cuando volví en mí no había nadie, ni gigante, ni dragón, pero cerca de allí un lobo se estaba comiendo la cabra blanca, la mismísima que el gigante había exigido para el sacrificio. Desde ese día supe que tenía el don del canto, otorgado por el señor de los dragones en persona.

¿Y entonces todo fue fácil… canto, fama, y conocimiento?

Parchen sonrió.

Nada fue fácil. Pues mi padre me zurró la badana porque el lobo había devorado su cabra. Me mandó al monasterio, y allí los monjes me zurraban porque no podía aprender la sagrada doctrina.

Sin embargo, ¿llegaste a ser cantor?

Tenía el don. Me dejaron aprender los cantos y cantar. Cuando los supe sentí el llamado de la estepa y dejé los sagrados muros para deambular entre las tiendas de los príncipes y cantar las gestas de mi gente.

Poseía muchos cantares, y los espíritus me hablaban con facilidad, de modo que me hice famoso entre los hombres. Muchos fueron los regalos que recibí, sedas, ropajes, sillas de montar, alfombras, caballos y ovejas, pero yo me lo gasté todo y de nuevo volví al monasterio. En aquellos días era alegre y despreocupado, dado a la embriaguez y a las mujeres, pródigo con todas las cosas, y amaba la vida de los hombres. En una ocasión incluso amé a una rusa, y ella me amó a mí.

Mongolia; Ralph Fox, “Conversation with a Lama”, New Writing, otoño de 1936, págs. 180-181
Ilustración inspirada en un hombre pájaro Rapa Nui, Isla de Pascua

Cuando la voz elocuente y el gesto de un anciano arrugado y canoso…

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En estas lejanas islas [las Hébridas], donde los hombres viven con lentitud, y viven largo, probablemente porque no viven deprisa –en pintorescos y toscos chamizos construidos con turba y piedras, donde hombres de hasta ochenta años han pasado la mayor parte de su existencia–, en estos remansos de tranquilidad en plena corriente de la vida, viejos pensamientos se acumulan como oro en polvo en un regato de Sutherland, y allí se conservan.

Allí, en las noches de invierno, boquiabiertos y con ojos de asombro, los niños se sientan a la luz rojiza del fuego de turba, bajo el gris entoldado de humo, y escuchan emocionados estos extraños y antiguos mitos. Dejan de ser mozos y mozas harapientos y descalzos, con largas greñas, oscuras o rubias; escuchan cómo el aguerrido pastor luchó contra el dragón y se hizo con la princesa y el reino, y su ánimo se eleva, como el de él. Dejan de existir las patatas y la leche, los tabiques de madera y las cucharas de cuerno, cuando la voz elocuente y el gesto de un anciano arrugado y canoso despliega ante ellos el cuenco de oro y los manjares del gigante.

Y cuando concluye el relato, y el fuego arde apenas, mozos y mozas se arrebujan en sus camastros y siguen soñando, y así sueñan hasta que se hacen mayores, y envejecen, y el viejo relato se convierte en parte de sus tranquilas vidas. El sueño de aventuras del niño es el punto luminoso en una rutina de trabajos y penalidades, y el hombre no lo olvida nunca mientras vive.

John Francis Campbell, “On current British mythology and oral traditions, Journal of the Ethnological Society of London, 1869-1870, vol. 2, págs. 331-332
Ilustración inspirada en un dibujo pintado sobre una calabaza de Burkina Faso

Ahora forman parte intrínseca de su vida

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Como ya se ha dicho, [entre los pawnee skidi de Norteamérica] estas tradiciones, así como los rituales, se consideran posesiones personales. El propietario ha pagado por ellas y por tanto, según sus creencias, ahora forman parte intrínseca de su vida. A medida que las cuenta se va despojando de cierta parte de su vida, y contribuye así de forma directa a que ésta se acerque a su fin. Así, como exclamó un hombre de mediana edad, “No puedo contarte todo lo que sé, porque aún no estoy preparado para morir”; o, en palabras de un viejo sacerdote, “Sé que mis días son pocos. Mi vida ya no es útil. No hay motivo por el que no pueda contarte todo lo que sé”.

George A. Dorsey, Traditions of the Skidi Pawnee, Boston y Nueva York: Houghton, Mifflin & Co. for the American Folk-Lore Society, 1904, pág. xxii
Ilustración inspirada en en una pintura rupestre del Cabo del Norte, Sudáfrica

Guiar al oyente al interior del mundo

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Contar un relato no equivale a tejer un tapiz para cubrir el mundo, es más bien una forma de atraer la atención de los oyentes a su interior. Quien puede ‘contar’ es aquel que tiene la sensibilidad perceptual de captar en el ambiente información que a otros, menos duchos en las tareas de la percepción, se les pudiera escapar, y el narrador, al plasmar su conocimiento de forma explícita, guía la atención del público por los mismos caminos que la suya.

Tim Ingold, “The Temporality of the Landscape”, World Archaeology, vol. 25, 1993, p. 153
Ilustración basada en una imagen de inspiración budista

 

Otro género particular de cohecho

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De las memorias de infancia del escritor egipcio Taha Husein (1889-1973), que se quedó ciego a los tres años:

Y aún había otro género particular de cohecho que le placía hasta el disloque y le animaba a abandonar su deber de la peor manera; es, a saber: los cuentos, las historias y los libros. Siempre que un niño podía contarle una conseja, o comprar para él un libro al hombre que iba vendiéndolos por las aldeas, o leerle un capítulo de la historia de al-Zir Salim o de Abu Zaid, podía estar seguro de obtener de su benevolencia, de su simpatía y de su amistad la prueba que quisiera.

Taha Husein, Los días: Memorias de infancia y juventud, traducción de Emilio García-Gómez, La Coruña: Ediciones del Viento 2004, p. 55
Ilustración inspirada en un textil antiguo andino

Los relatos se quedan huérfanos con la misma facilidad que las personas

MARIPOSA

Nuestras naves rituales se hunden y nuestras casas comunales se desmoronan ante los maremotos y terremotos que hemos causado.

En un mundo así, los relatos se quedan huérfanos con la misma facilidad que las personas. Pero los relatos buscan a las personas, porque necesitan personas que los cuenten. Y las personas tienen tanta necesidad de relatos que contar como de zapatos, cuchillos y fuego. Los necesitamos porque los relatos son mapas del mundo; son resúmenes concentrados de realidad. Quienes no tienen relatos que contar, al igual que los relatos que no tienen quien los cuente, no sobreviven.

Robert Bringhurst, en Everywhere Being is Dancing, Kentville, Nova Scotia: Gaspereau Press, 2007, págs. 236-237
Ilustración inspirada en los dibujos de la cerámica Pueblo, Nuevo México

 

Prohibido cabecear

Amuleto sumerio

 

«Las canciones de los pápago se transmiten de cantor en cantor con más cuidado que los poemas de Homero. Un hombre sueña sus propias canciones y se las da a su hijo; pero antes de que naciera ya existía un corpus de magia mediante el cual los antepasados gobernaban su mundo. A este conjunto de cantos y relatos lo he llamado a veces la ‘Biblia pápago’. Como buena parte de la literatura no escrita del Sudoeste [de Estados Unidos], es mitad prosa y mitad verso […].

»En toda aldea pápago hay un anciano cuya función hereditaria es recitar esta ‘Biblia’. El momento convenido para su recital son esas cuatro noches de invierno ‘cuando el sol se detiene’ antes de dar la vuelta en ese viaje al sur en el que se diría que quizá podría llevarse su luz para siempre.

»En esas noches –cuatro, porque todo lo sagrado va de cuatro en cuatro– los hombres pápago se reunían en la casa ceremonial […].

»Los hombres se sentaban con las piernas cruzadas, los brazos plegados y la cabeza inclinada. Esta era la postura que el decoro exigía, del mismo modo que nuestros antepasados victorianos exigían sentarse erguido en el banco de la iglesia. Nadie debía interrumpir al orador con una pregunta o siquiera un movimiento. Nadie debía cabecear. Si alguien lo hacía, uno de sus vecinos le metía un cigarrillo ardiendo entre los dedos de los pies, calzados con sandalias. Si el orador lo veía, se paraba abruptamente y por aquella noche ya no había más narración de historias.

»El narrador había trabajado quizá durante años para memorizar toda esa compleja masa de prosa y verso. La prosa la complementaba en ocasiones con ilustraciones y explicaciones de su cosecha, pero el verso no podía cambiarse. La letra y la tonada de cada canción habían sido ‘dadas’ por Hermano Mayor [el creador]; también el punto exacto en que aparecían dentro del relato. Un anciano se ha negado a contarme una historia porque ha olvidado la tonada de una canción, y por eso no puede contarme el relato completo. Sin embargo, se han ido filtrando variaciones, y la ‘Biblia’ cambia de una aldea a otra.

La ‘Biblia’ pápago requeriría de por sí un libro […].»

Ruth Murray Underhill, Singing for Power: The Song Magic of the Papago Indians of Southern Arizona, Berkeley & Los Angeles: University of California Press 1968 [1938], pp. 11-13
Ilustración inspirada en un amuleto sumerio de una rana del 3500 A.C

Contar un relato

Budista 1

Contar un relato no equivale a tejer un tapiz para cubrir el mundo; es más bien una forma de guiar la atención de los oyentes hacia su interior. La persona capaz de “narrar” es la que está perceptualmente preparada para captar en el entorno información que a otros, menos diestros en la tarea de la percepción, podrían pasarles inadvertidas, y el narrador, al hacer explícito este conocimiento, conduce la atención del público por los mismos caminos que él.

Tim Ingold, “The Temporality of the Landscape”, World Archaeology, vol. 25, 1993, p. 153
Ilustración basada en una imagen de inspiración budista

Contar sólo parte del relato

Haida

 

Muy a menudo [en la Australia aborigen], se contaban fragmentos [de los relatos] referidos a lugares o personajes, sin desarrollar las acciones o seguir hasta el final la trama argumental. A un niño que viajaba por el territorio de un pariente cercano (madre, padre, abuelo, por ejemplo) se le decía el nombre de un lugar especial y de la presencia-espíritu que lo habitaba, o una esposa podía recibir esa información la primera vez que visitaba el territorio de su marido. Estos segmentos probablemente se ampliaban más tarde, dando lugar a relatos más completos. Eran una parte vital del conjunto del proceso de enseñar, aprender y conocer los relatos míticos y su contexto en una región dada.

 

Roland M. Berndt y Catherine Berndt, The Speaking Land: Myth and Story in Aboriginal Australia, Victoria: Penguin Books, 1989 pág. 9
Ilustración inspirada en diseños del pueblo Haida