Tras imponer silencio 

Y ocupados así en distintas tareas, el bueno de Robin, tras imponer silencio, empezaba el cuento de la cigüeña, en el tiempo en que los animales hablaban o sobre cómo Renard el zorro robó el pescado; cómo logró que las lavanderas apalearan al lobo cuando aprendía a pescar; cómo el perro y el gato se fueron bien lejos; sobre el león, rey de los animales, que hizo del asno su lugarteniente, y quiso ser rey de todo; sobra la corneja, que al graznar perdió su queso; sobre Melusina; sobre el hombre lobo, sobre el pellejo de Anette; sobre el monje borracho, sobre las hadas, y que a menudo hablaba con ellas de tú a tú, incluso al atardecer, al pasar por el sendero, y que las vio bailar animadamente, junto a la fuente de Cormier, al son de una gaita cubierta de cuero rojo. 

Noël du Fail, Propos rustiques, Baliverneries, Contes et discours d`Eutrapel, edición de J. Marie Guichard, Paris: Librarie de Charles Gosselin, 1842, pág. 43. La obra se publicó originalmente en 1548 

Ilustración inspirada en un dibujo andino

Virtudes de un relato

El autor anónimo de la saga irlandesa del siglo XIV Altram Tige Dá Medar, «La nutrición de la casa de las dos vasijas de leche» cuenta la conmovedora historia de Ethne, una muchacha del mundo de los sidhe, seres parecidos a los humanos que viven en los túmulos y montículos de Irlanda y son inmortales. Después de ser avergonzada por Finbarr, hermano de Aengus, su padre adoptivo, Ethne sólo puede alimentarse de la leche de dos vacas traídas de la India que ella misma debe ordeñar. Siglos después, Ethne, que ha alcanzado la humanidad, y por tanto la mortalidad, gracias a su conversión al cristianismo, muere en brazos de san Patricio. La conclusión de la saga es como sigue:

Y Patricio ordenó que no se durmiera ni conversara durante la narración de esta historia, y no se contara sino a un puñado de buena gente, para que así se la escuchara mejor; muchas otras virtudes obtuvo [el relato], como se dice en esta elegía:

Cava la tumba de la generosa Ethne

en el camposanto junto al Boyne de verdes aguas.

Por la doncella de radiante conocimiento

no se alegrará la hueste de Aengus.

Yo [Patricio] y Aengus, diestro en las armas,

dos cuyas intenciones secretas difieren,

no tuvimos sobre la superficie de esta tierra

otra amada como Ethne.

Legaré estas virtudes

al relato de Ethne del bello Maigue.

Éxito con los niños, éxito con una hermana o hermano de leche,

para aquellos a los que el relato sorprenda durmiendo con bellas mujeres.

Si hablas de «La nutrición»

antes de embarcarte en una nave o bajel

regresarás salvo y próspero

sin daño de las olas y marejadas.

Si hablas de «La nutrición»

[antes de asistir a un] juicio o cacería,

tu caso [prosperará],

todos serán sumisos ante ti.

Narra la historia de Ethne

cuando lleves a casa una esposa espléndida;

buena será la decisión tomada:

ella será un éxito como consorte y madre.

Narra la historia de la noble Ethne

antes de entrar en un nuevo salón para banquetes:

no incurrirás en enconadas peleas ni locuras,

no blandirás armas aguerridas y afiladas.

Cuenta, acompañada por un instrumento

la historia de Ethne a un rey de copioso séquito:

no tendrá motivo de arrepentirse,

siempre que escuche sin conversación.

Si le cuentas esta historia

a los cautivos de Irlanda,

será como si abrieras

sus grilletes y ataduras.

Una bendición para el alma

que ocupó el bello cuerpo de Ethne;

todo el que posea esta elegía

alcanzará su objetivo.

[…]

Que se escriban en nuestras escuelas,

los milagros generosos de Ethne, y que se vean.

Que su cuerpo yazga en este mundo nuestro,

y en el cementerio sea enterrado.

Lilian Duncan, “Altram Tige Dá Medar”, Ériu, vol. 11, 1932, pp. 224-225

Ilustración inspirada en la imagen de un kamon japonés

Quizá nunca sea posible escuchar el final

A los khanty [de Siberia] les encanta narrar cuentos maravillosos, sobre todo por la noche. En los campamentos del bosque, cuando todos se van a acostar, un anciano sigue contando historias mientras haya alguien que siga despierto. Una de mis amigas me dijo que, de niña, intentaba no quedarse dormida mientras el anciano narraba historias, pero que nunca logró escuchar el final. Quizá nunca sea posible escuchar el final porque lo que normalmente se traduce como «un cuento maravilloso» o «un relato», significa realmente «una senda» o «una senda como destino». Mi buen amigo y maestro Leonti Taragupta me habló una vez de esto.

Natalia I. Novikova, «Self-Government of the Indigenous Minority Peoples of West Siberia: Analysis of Law and Practice», de People and the Land. Pathways to Reform in Post-Soviet Siberia, ed. Erich Kasten, Berlin: Dietrich Reimer Verlag, 2002, pp. 83-97

Ilustración: Énso

Dónde nos llevan las historias

Las historias nos arrebatan, decimos. Nos sacan de nosotros mismos. Nos hacen olvidar, por un instante, la rutina y lo mundano. Nos gusta pensar que nos llevan a lugares lejanos y exóticos que son «puramente imaginarios».

Actitudes así quizá expliquen por qué entre los kuranko [de Sierra Leona] la narración de historias está prohibida durante el día (de vulnerarse la prohibición uno se arriesga a que haya alguna muerte en la familia), y por qué los relatos pertenecen a la noche (cuando el trabajo ha terminado, y entra uno en el mundo contradictorio de los sueños y la oscuridad).

Sin embargo, incurriríamos en error si interpretáramos lo imaginario como una negación de lo real, pues las experiencias que menospreciamos como «meras» fantasías o sueños son parte integral de nuestras vidas «reales», como la noche lo es del día. Es por este motivo por lo que es importante explorar no solo las formas en que las historias nos llevan más allá de nosotros mismos, sino también cómo transforman nuestra experiencia y nos hacen retornar a nosotros mismos, cambiados.

Michael Jackson, The Politics of Storytelling: Variations on a Theme by Hanna Arendt, Copenhague: Museum Tusculanum Press, University of Copenhagen, 2013, pp. 143-144

Ilustración inspirada en un dibujo textil japonés

Cómo…

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…cómo los relatos dan forma y sustancia al mundo y cómo le dan significado y valor; cómo nos acercan al mundo real al distanciarnos de él; cómo unen, y al mismo tiempo separan, a las personas; cómo son a la vez verdaderas y no verdaderas.

J. E. Chamberlin y Levi Namaseb, “Stories and songs across cultures”, Profession, 2001, pág. 25
Ilustración inspirada en un estandarte turco

 

Los clásicos rusos y extranjeros eran los que mejor funcionaban

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Un número llamativo de prisioneros políticos que escribieron memorias –y esto podría explicar por qué escribieron memorias– atribuyen su supervivencia a su habilidad para “narrar historias”: para entretener a presos comunes relatando los argumentos de novelas o películas. En el mundo de los campos y las prisiones, donde los libros escaseaban y las películas eran raras, un buen narrador era muy valorado.

Lev Finkelstein dice que estará “siempre agradecido al ladrón que, en mi primer día de cárcel, reconoció este potencial en mí y dijo: ‘Tú probablemente has leído muchos libros. Cuéntaselos a la gente y terminarás viviendo muy bien’. Y lo cierto es que vivía mejor que los demás. Gozaba de cierta notoriedad, cierta fama […] Me topaba con gente que decía: “Tú eres Levchik-Romanist [Levchik-el-narrador], me hablaron de ti en Taishet”.

Gracias a esta habilidad, Finkelstein era invitado dos veces al día a la choza del brigada en jefe, donde recibía un tazón de agua caliente. En la cantera en la que entonces trabajaba “esto significaba la vida”. Finkelstein descubrió, según dijo, que los clásicos rusos y extranjeros eran los que mejor funcionaban; tenía un éxito mucho menor recontando los argumentos de novelas soviéticas más recientes.

Anne Appelbaum, Gulag: A History of the Soviet Camps, Londres: Allen Lane, 2003, pág. 352
Ilustración inspirada en un dibujo popular de Costa de Marfil

Mantenemos nuestras vidas en orden con los relatos

Kalevala

Estas son todas las cuestiones que debemos conocer. Es muy fácil enfermar, porque están siempre pasando cosas que causan confusión en nuestro intelecto. Es necesario que tengamos maneras de pensar, de mantener las cosas estables, saludables, hermosas. Intentamos tener una larga vida, pero nos pueden pasar muchas cosas. Así que mantenemos en orden nuestros pensamientos mediante estas figuras de cordel y mantenemos nuestras vidas en orden con los relatos. Tenemos que poner nuestras vidas en conexión con las estrellas y el sol, los animales y la naturaleza entera, de lo contrario nos volveremos locos o enfermaremos.

Palabras de un narrador navajo recogidas por Barre Toelken e incluidas en su libro The Dynamics of Folklore, Boston: Houghton Mifflin, 1979, pág. 96
Ilustración inspirada en el logotipo de la Kalevala Society

 

 

Para endulzarles la voz

CILINDRO HOMO NARR.

 

[En la isla de Bali] la forma normal de hacer aflorar el saktí [poder mágico] aletargado es someterse al mawintén, la ceremonia de iniciación de sacerdotes, magos, bailarines y actores, destinada a proporcionarles suerte, belleza, inteligencia, y el encanto personal que les permite tener éxito. A los narradores de historias y cantores de epopeyas (kekawin) se les inscriben con miel sílabas mágicas en la lengua para endulzarles la voz. La ceremonia la ejecuta un sacerdote que, tras limpiar y purificar a la persona mediante una maweda [recitado de mantras acompañado de acciones rituales y gestos significativos], escribe sobre su frente, ojos, dientes, hombros, brazos, etc., signos invisibles con el tallo de una flor mojada en agua bendita.

Miguel Covarrubias, Island of Bali, Nueva York: Alfred A. Knopf, 1937, pág. 340
Ilustración inspirada en un dibujo mesopotámico

Echar sombras a la lumbre

peces

Contar una historia es echar sombras a la lumbre. En ese preciso instante, todo lo que la palabra revela lo consume el silencio. Solo quien reza entregando por completo el alma sabe lo que significa ese arder y esa caída de la palabra en los abismos.

Mia Couto, La confesión de la leona, traducción de Rosa Martínez-Alfaro, Madrid: Alfaguara, 2016, pág. 79
Ilustración basada en una imagen de inspiración budista

La faltriquera de los cuentos

NETSUKE HOM. NARRR

Y entonces, en las frías noches de invierno, abuelita se metía en su pequeño compartimento, su tienda, y se contaban historias. Yo entonces era muy pequeño, pero recuerdo bien a mi abuela. Alrededor del fueguecito se contaban historias maravillosas. Recuerdo a mi papá sentado alrededor del fuego, en medio del suelo, apenas una pequeña hoguera de ramas en el centro de la tienda, un agujero en el techo, y el humo que salía directamente por el agujero. Una lamparita de parafina, hecha por mi padre, estaba apagada.

Abuelita contaba una historia, padre contaba una historia. Quizá algunos nómadas [Travellers] que pasaban por allí se paraban y plantaban su tienda en «El Rincón de los Caldereros», un lugar al otro lado del arroyo, frente al bosque en el que acampábamos. […] También ellos contaban historias y tenían allí un pequeño encuentro. Nuestra tienda era un lugar en el que paraban los nómadas que venían hasta Argyll, y siempre había tiempo para un relato.

Bueno, pues abuelita pasaba con nosotros todo el invierno, en esa gran tienda, con su pequeño compartimento. […]

Abuelita era una anciana, y en aquellos días de antaño ninguna anciana de los nómadas llevaba bolso. Lo que si llevaban alrededor de la cintura era una gran faltriquera. Me acuerdo de la de abuelita; la había hecho ella misma, una faltriquera de tartán. Era como un bolso grande, con una correa, y se lo ataba a la cintura. Tenía tres botones de nácar en el centro; en aquellos tiempos no había cremalleras. Abuelita llevaba todos sus bienes materiales en esta faltriquera.

Bien, abuelita fumaba un pequeña pipa de barro. Y cuando necesitaba tabaco, decía:

Pequeños, quiero que vayáis al pueblo a por tabaco para mi pipa.

Y nos daba a mi hermana y a mí tres peniques, uno para cada uno, y el otro para tabaco. El viejo tendero solía tener un rollo de tabaco, y cortaba un poquito para abuelita a cambio del penique. Nosotros volvíamos, y la recompensa era:

¡Abuelita, cuéntanos un cuento!

Ella se sentaba allí, frente a su pequeña tienda, y tenía un cacito y un pequeña hoguera.

Recogíamos ramas para ella, y ella se hacía un té negro y fuerte. Levantaba el cacito, lo ponía al lado del fuego y decía:

Bueno, pequeños, ¡voy a ver que puedo encontrar esta vez para vosotros en mi faltriquera!

Abría su gran faltriquera, con sus tres botones de nácar, que tenía al lado. Los recuerdo bien, y decía:

Bueno, pues os contaré este cuento.

Quizá fuera el que había contado tres noches antes. Quizá era uno que no había contado en semanas. A veces nos contaba un cuento tres, cuatro veces; a veces nos contaba uno que nunca antes habíamos oído.

Así que, un día, mi hermana y yo volvimos del pueblo. Estábamos jugando, y nos acercamos a la tienda de abuelita. El sol brillaba, cálido. El cacito de té de la abuela estaba junto al fuego: estaba frío, el fuego se había consumido. El sol calentaba. Abuelita estaba tumbada, con las manos bajo la cabeza, como una anciana, y su camita estaba frente a la tienda. A su lado estaba la faltriquera. Era la primera vez que la veíamos separada de la cintura de abuelita. Probablemente se la quitaba por la noche, al irse a acostar. Pero por el día, ¡nunca!

De modo que mi hermana y yo nos deslizamos en silencio, y dijimos:

¡Abuelita está dormida! Ahí está su faltriquera. ¡Vamos a ver cuántos cuentos hay en la faltriquera de abuelita!

Así que, con mucho cuidado, la cogimos y la llevamos detrás del árbol junto al que vivíamos en el bosque, y desabrochamos los tres botones de nácar. ¡Y lo que había en esa faltriquera era como la cueva de Aladino! Había pipas de barro, monedas de tres peniques, anillos, monedas de medio penique, perras gordas, broches, agujas, alfileres, todo lo que una anciana lleva consigo, dedales… ¡pero ni una solo cuento pudimos encontrar! Así que no tocamos nada. Lo volvimos a poner todo dentro, cerramos la faltriquera y la pusimos donde la habíamos encontrado, la dejamos junto a abuelita.

Dijimos:

Nos iremos otra vez a jugar, y volveremos con abuelita cuando despierte.

Así que nos fuimos de nuevo a jugar, volvimos más o menos una hora después, y abuelita estaba levantada. Y nos sentamos a su lado. Después de tomarse su té negro y fuerte, ella comenzó a encender su pipa. nosotros le preguntamos:

Abuelita, ¿nos vas a contar un cuento?

Sí, pequeños –respondió–. Os contaré un cuento.

Le encantaba contarnos cuentos porque nos hacía compañía, también era buena compañía para ella sentarse allí con nosotros, los niños. Dijo:

Ahora esperad un momento, esperad a ver qué tengo para vosotros esta noche.

Y abrió aquella faltriquera. Nos miró un rato a mí y a mi hermanita, nos miró largo rato con sus ojos azules. Dijo:

¿Sabéis una cosa, niños?

Respondimos:

No, abuelita.

Ella dijo:

Resulta que, cuando estaba durmiendo, alguien ha abierto mi faltriquera, ¡y todos los cuentos se han ido! Esta noche, niños, no os puedo contar ningún cuento.

Y esa noche no nos contó ningún cuento. Y nunca volvió a contarnos un cuento. Y yo tenía diecisiete años cuando murió mi abuelita, pero sólo once cuando esto sucedió. Abuelita no volvió a contarme ninguna historia, ¡y esta es una historia que sucedió de veras!

Duncan Williamson, The Horsieman: Memories of a Traveller 1928-1958, Edimburgo, Canongate Press, 1994, páginas 6-8

Ilustración inspirada en un netsuke japonés