Nadie sabe la historia del amanecer de mañana.
Las narraciones son como genes, una vez concluida nuestra historia mantienen viva una parte de nosotros, y tiene mucho de conmovedor que Sheherazade asuma la dicha de siempre jamás no tras su boda, sino después 1001 relatos y tres hijos.
Contarle historias a alguien que las escuche como historias, que no te conozca, que no espera oír literatura. ¡Qué hermosa sería la vida de un narrador errante! Alguien dice una palabra y tú cuentas la historia. No paras nunca, ni de día ni de noche, te quedas ciego, pierdes el uso de tus miembros, pero tu boca sigue prestándote servicios, y vas contando lo que te pasa por la mente. No posees nada, sólo un número infinito y cada vez mayor de historias.
Lo más hermoso sería que pudieras vivir sólo de las palabras y tampoco necesitaras comer.
Dos cosas son necesarias en invierno: fuego y cuentos. Fuego para calentar el cuerpo, cuentos para calentar el corazón.
Antes de iniciar un recital del Manas, Keldibek dijo a sus pastores que acudieran sin temor al campamento porque su ganado regresaría a casa por sí mismo, y nadie, fuera persona o animal salvaje, podría robarles una oveja mientras él estuviera cantando el Manas. Pero cuando empezó a cantar la yurta se puso a temblar, se desató un poderoso huracán en medio de cuya oscuridad y estruendo descendieron volando los compañeros de Manas, de tal modo que se agitó la tierra bajo los cascos de sus caballos.
«Si enseñas esto a los hermanos, serás buen ministro de Cristo Jesús, nutrido en las palabras de la fe y de la buena doctrina que has alcanzado. Cuanto a las fábulas impías y los cuentos de viejas, deséchalos» (I Timoteo, 4: 6-7).
Así la traducción de Nácar y Colunga. La traducción, más literal, de Bover y Cantera dice:
«Si estas cosas sugieres a los hermanos serás excelente ministro de Cristo Jesús, nutriéndote con la palabra de la fe y de la buena doctrina que has seguido. En cambio, esas fábulas profanas y propias de viejas, evítalas»
El cuento es una invención, el cantar, una verdad. (proverbio ruso)
Cuando volví de Berdichov, después de Hanukah, en el invierno de 1810, el Rebbe me dijo que tenía una historia que contar.
Dijo:
–Este relato sólo ha sido contado una vez, y eso fue antes de que se construyera el Templo de Salomón. Los únicos que lo entendieron fueron el profeta que lo contó, y la persona a la que le fue contado. Ni siquiera los otros profetas pudieron comprenderlo.
Aunque este relato ha sido ya contado una vez, ahora es un concepto totalmente nuevo. Muchas cosas han cambiado desde que lo contaron por última vez. Fue contado anteriormente, en consonancia con aquel tiempo, pero ahora debe contarse en consonancia con el presente. (Extracto de la obra Sichos HaRan, «La sabiduría de Rabí Nachman [de Bretslov]», de Rabí Nathan de Nemirov)
Sabes, el cuento es como un árbol joven. Crece, se desarrolla, lo podas, lo injertas, lo limpias; de él brotarán hojas, ramitas y frutos. Una nueva vida se desarrolla, como sucede con los humanos. ¿Quién sabe qué será? Así es el cuento. En una ocasión comencé a narrar un cuento sobre una muchacha que encontró una caja. La cogió, miró el interior, la abrió. Había un dragón. El dragón la agarró y se la llevó. Lo que pasó después lo estuve contando una semana. Así va el cuento: como nosotros queremos, solo que ha de tener una base; después se le puede añadir cualquier cosa. (Reflexiones del narrador húngaro Ferenc Czapár, pescador de profesión).
La naturaleza intelectual de un relato se agota en su texto, pero los aspectos funcional, cultural y pragmático de cualquier narración nativa se manifiestan no sólo en el texto, sino también en su recitado, su ejecución y sus relaciones contextuales. Es más fácil anotar un relato que observar de qué formas difusas y complejas penetra en la vida, o que estudiar sus funciones mediante la observación de las inmensas realidades sociales y culturales en las que se inscribe. Y este es el motivo por el que tenemos tantos textos, y sabemos tan poco sobre la verdadera naturaleza del mito.