De pequeña, [Edith Wharton] tenía el curioso hábito de lo que ella llamaba «inventar». Antes de que aprendiera a leer, se sentaba durante horas con un libro en el regazo y fingía leer uno de los cuentos que contenía. Cuanto más negra y densa era la tipografía, mejor. Caminaba rápidamente arriba y abajo y entraba en una especie de éxtasis de composición verbal; en cierta ocasión, su madre intentó anotar lo que Edith decía, pero no pudo mantener el ritmo. Cuando una niña llegó de visita para jugar, Edith le pidió a su madre: «Entretenme a esa niña. Yo tengo que inventar». Más tarde, cuando aprendió a leer, su inmersión en textos reales se mantuvo en la línea de estas invenciones obsesivas.
Autor: HN
No somos como piedras
Pienso que el interés por la narración forma parte de nuestro modo de ser en el mundo. Responde a la necesidad en que nos hallamos de entender lo que ha ocurrido, lo que han hecho los hombres, lo que pueden hacer: los peligros, las aventuras, las pruebas de toda clase. No somos como piedras, inmóviles, ni como flores o insectos, cuya vida está trazada de antemano. Nosotros somos seres para la aventura. El hombre nunca podrá renunciar a que le narren historias.
Mircea Eliade, La prueba del laberinto: Conversaciones con Claude-Henri Rocquet, traducción de J. Valiente Malla, Madrid: Ediciones Cristiandad, 1980, pág. 159
Ilustración inspirada en los boles de cerámica de los hausa de Nigeria.
Las historias son las casas en que vivimos
Las historias son las casas en que vivimos. Son la comida que servimos en nuestra mesa, consumimos e incorporamos a nuestra sangre. Las historias, sin embargo, no existen plenamente salvo en la presencia física de quienes las narran. Después, de una forma misteriosa, conservan esta corporeidad cuando acuden a los ojos y resuenan en los oídos de nuestro espíritu en ese proceso que llamamos memoria. Los narradores son así los arquitectos y albañiles de nuestros universos. Construyen arcos de piedra invisible que abarcan enormes salones. También construyen los cuartos comunes y corrientes que son nuestro abrigo cotidiano. Sea con estilo exaltado o humilde, los narradores nos sirven el alimento espiritual que nos sustenta, tanto las simples verdades como las más deliciosas mentiras.
¿Quiénes son, pues, los narradores? … [Lo cierto es que] todos somos narradores de historias y oyentes de historias. Estamos obligados a ser ambas cosas, si queremos navegar el mundo en que vivimos, cada porción del cual… es en parte creación nuestra. Salvo que se produzca algún trauma terrible, las facultades complementarias de escuchar y narrar historias nos acompañan de un modo irrenunciable desde muy temprana edad. A lo largo de toda nuestra vida, ambas facultades permanecen en el fondo de nuestra esencia de seres inteligentes, dando forma a nuestros pensamientos, apartándonos del error, y guiándonos cada vez más hacia lo que el futuro pueda depararnos.
John Niles, Homo Narrans: The Poetics and Anthropology of Oral Literature, Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1999: 64-65
Ilustración inspirada en el logotipo de la Kalevala Society
Akangkwirreme, escucha hondo
Lo más sólido que puedo a decirles a nuestros niñas y niñas de ahora es: no olvidéis nuestra cultura. Es importante, escuchad a los mayores, no os limitéis a darles la espalda. Escuchad con respeto lo que digan, y seguid adelante.
Para instruir a los niños tenemos que contarles relatos, llevarlos al páramo, movernos con ellos por allí. Salir a cazar, buscar lo que queremos encontrar, hablarles de lo que estamos buscando. Es supervivencia. […] Piensa hondo, cuéntales historias, háblales de lo que haces, así es como mejor aprenden nuestros niños, haciendo cosas. Es también una forma de enseñar a la gente de fuera nuestra cultura: mostrarles nuestro país.
A todos los demás niños, la demás gente, les diría: venid, escuchadnos, os contaremos nuestra cultura. Aprended de nosotros. De esta forma todos sobreviviremos. […]
Debemos hacer cosas juntos: respetar, escuchar y pensar, hacer cosas juntos, no sólo hablar todo el rato. Párate a pensar alguna vez, simplemente dejar que haya silencio. Debes aprender a esperar, a dejar que tus pensamientos vuelvan a ti. Entiende también cómo puede sentirse la otra persona, aprecia que quizá no sepas la respuesta, o entiendas la pregunta. Eso es lo que significa trabajar entre culturas. El respeto tiene que fluir en ambas direcciones, también el aprendizaje. […] Espero que escuchéis hondo y dejéis que estos relatos os penetren. Estos relatos son para todos los tiempos, para los días de antaño, para ayudar a recordar a los mayores, pero también para el futuro y para los jóvenes de ahora. A cambio de los relatos de nuestros mayores nosotros teníamos que darles la comida que habíamos recolectado, eso teníamos que hacer para aprender; compartir es sobrevivir.
Kathleen Kemarre Wallace (with Judy Lovell), Listen Deeply, Let These Stories In, Alice Springs: IAD Press, 2009, pp. 170, 171. Wallace, nació en 1948, es una artista y narradora que pertenece a los Arrente de Australia Central.
Ilustración inspirada en un dibujo realizado sobre una calabaza en Ghana.
«Era el macho y la hembra…»
Él era el macho y la hembra, el seductor y la seducida. Era glotón, era cornudo, era viajero agotado. Arañaba el suelo hacia los costados con sus pies de reptil, después se quedaba inmóvil y erguía la cabeza. Levantaba su párpado inferior para cubrir el iris, y extraía su lengua de lagarto. Hinchaba el cuello hasta formar bocios de cólera; y, finalmente, cuando le llegaba el momento de morir, se contorsionaba y retorcía, atenuándose más y más sus movimientos como los del Cisne Moribundo.
Entonces se le atascó la mandíbula, y ahí terminó.
El hombre de azul agitó las manos en dirección a la colina y, con la cadencia triunfante de quien ha contado la mejor de las historias posibles, gritó: –¡Ahí … ahí es donde está!
El recital no había durado más de tres minutos.
Bruce Chatwin, The Songlines, Londres: Pan Books, 1988, pàg. 117, a partir de la traducción de J. M. de Prada-Samper
Ilustración basada en un amuleto Haida (Gran Garza Azul y Humano), conservado en el Royal British Columbia Museum
Quien no sabía contar cuentos tenía que irse solo…
Mi cuñado y el señor Escalante eran los que más cuentos conversaban y mi papá; pero mi papá era medio receloso para avisar cuentos. En la noche cuando ya todos habían comido y habían lavado su ropa y estaban echados en la tarima empezaban a conversar y cada uno decía sus cuentos pero no siempre dejaban que uno esté allí escuchando porque quien no sabía contar cuentos tenía que irse solo, porque no lo aceptaban. A mí, como muchacho, se reían, «quédate nomás,» decían; y así aprendí muchos cuentos de los huantinos y de los chunchos también, de condenados, de las vizcachas, del sol, de los pericotes, etcétera. Estos cuentos no eran todos inventados sino cosas que les habían pasado a ellos o también a gente conocida; pero entonces avisaba: «Don Fulano, que en paz descanse decía». De todo lo que allí en las noches se hablaba no se podía ir con chisme afuera. Cada uno antes de comenzar decía: «Esto no es para contar, no hay que repetir», si eran cosas comprometidas. Entonces también se cambiaba el nombre de las gentes o del sitio y así nadie se molestaba.
Los cuentos de chunchos eran muy lindos y raros, porque para ellos todo está hablando en la selva. Y estos chunchos amigos de mi cuñado eran gente vergonzosa como la perdiz, que cuando uno la mira mucho se marea y se avergüenza y por eso le dicen purum beata que significa una beata perdida porque no hace más que esconderse y hasta el chuquito (chullo) que tiene es bien bonito.
Jesús Urbano Rojas y Pablo Macera, Santero y Caminante: Santoruraj-Ñampurej, Lima: Editorial Apoyo, 1992, pág.148; Jesús Urbano Rojas es retablista de la región de Ayacucho, en Perú; su lengua materna es el quechua).
Ilustración basada en un dibujo realizado sobre una calabaza encontrada en Dahomey, actual Benín.
Narración y sentido
Es cierto que la narración revela el sentido sin caer en el error de definirlo, que facilita el consentimiento y la reconciliación con las cosas tal como realmente son, y que incluso podemos confiar en que tarde o temprano contendrá, implícitamente, la última palabra que esperamos del «día del juicio».
Hanna Arendt, “Isak Dinesen, 1885-1962”, in Isak Dinesen, Daguerrotypes and Other Essays, Chicago: University of Chicago Press, 1979, p. xx; Arend’s essay on Dinesen was first published in 1968
Ilustración basada en una imagen de inspiración budista.
Definición de cuento maravilloso
Cuento [Marchën]: lo que nos presenta acontecimientos imposibles como posibles, bajo condiciones posibles o imposibles.
Goethe, Máximas y reflexiones, traducción de Juan José del Solar, Barcelona: Edhasa, 1993, nº 1046, p. 222
Ilustración basada en un animal compuesto del imaginario del mundo antiguo.
Canto épico durante toda la noche, en Malaita
[En Malaita, en las islas Salomón] el canto épico ae ni mae, que dura toda la noche, tiene lugar en banquetes para honrar a los antepasados, y sólo se lleva a cabo en ocasiones especiales. Las bodas son también una ocasión para cantar y contar historias toda la noche. En estas ocasiones, dos hileras de hombres se sientan una frente a otra y cada hombre marca el compás haciendo sonar dos pequeños bastones. A la cabeza de las dos hileras se sienta el narrador, que es quien salmodia los relatos épicos.
Kay Bauman, Solomon Island Folktales from Malaita, Danburty, CT: Routledge Books, 1998, p. XVI
Ilustración inspirada en una representación de un nautilus del Mediterráneo oriental.
Cuentos para noches inmensas
¡Huésped! Ya que sobre esto me preguntas e interrogas, óyeme en silencio, y recréate, sentado y bebiendo vino. Estas noches son inmensas, hay en ellas tiempo para dormir y tiempo para deleitarse oyendo relatos, y a ti no te cumple irte a la cama antes de la hora, puesto que daña el dormir demasiado.









