



Cualquiera puede compartir la magia del relato
pero nadie debe nunca erigirse en su único dueño
así que, le pase lo que le pase al narrador,
el relato sigue viviendo.



Is buaine port ná glór na-éan,
Is buaine focal ná toice an tsaoil.
(Proverbio irlandés)
Irish proverb, in Robin Gwyndaf, “A Welsh Lake Legends and the Famous Physicians of Myddfai”, Bealoideas, vol. 60-61, 1992-1993, p. 245
Ilustración inspirada en un dibujo japonés

Desde nuestro campamento cerca de las orillas de este famoso lago [Urmia] a la ciudad de Maragheh hay dieciocho millas: hicimos la etapa durante la noche. El mulá Adinah, narrador de Su Majestad, estaba en nuestro grupo. El elchee (embajador) le pidió que amenizara el tedio del camino con un cuento.
–¿De cuántos farsekhs* lo queréis? –fue su respuesta.
–De cinco, por lo menos –fue la respuesta.
–Puedo complaceros a las mil maravillas–dijo el mulá–, tendréis a Ahmed el zapatero.
No pude evitar reírme de esta forma de medir un cuento; pero me aseguraron que era una costumbre habitual, surgida del cálculo que los narradores profesionales se veían obligados a hacer del asueto de sus oyentes. A cualesquiera otros comentarios sobre esta costumbre puso fin el mulá Adinah, pidiéndonos que calláramos y prestásemos atención; satisfecho su deseo, empezó de este modo:
–En la gran ciudad de Isfaján vivía Ahmed el zapatero, un hombre honrado y hacendoso… [el cuento ocupa 19 páginas].»
* 1 farsekh = c. 3 miles = 5 kilómetros.
El mito es un lenguaje constituido por formas intemporales, no momentáneas. Los temas [del recital improvisado por dos narradores haida para el antropólogo John Swanton] no se urdieron para esa ocasión. Son originales en un sentido diferente. Son relatos con mil o diez mil años de antigüedad a los que se da un uso contemporáneo, relatos que renuevan el mundo presente al repetir lo que sabemos sobre cómo se formó el mundo.
Nuestras narraciones son historias sobre la experiencia humana y, por tanto, no siempre cuentan cosas bonitas. Pero no podemos embellecer un relato para complacer al oyente y, al mismo tiempo, ceñirnos a la verdad. La lengua debe ser el eco de lo que estamos obligados a contar, y no puede adaptarse a los humores y gustos del hombre. La palabra del recién nacido no es digna de confianza, pero las experiencias de los antiguos son portadoras de verdades. Por tanto, cuando narramos nuestros mitos, no hablamos por nosotros mismos; es la sabiduría de los padres la que habla a través de nosotros.